El último desafío

Crítica de Juan Pablo Cinelli - Página 12

Mister Universo como sheriff de pueblo

En su primer protagónico en más de una década, Arnie encarna a un sheriff veterano enfrentado a un súper villano latino, un duelo típicamente ochentoso pero aligerado por el humor autoparódico sin el cual este tipo de cine hoy no sería posible.

El regreso de Arnold Schwarzenegger al cine no es un tema menor. No se trata nomás de la buena noticia de que el infinitas veces Mr. Olympia y Mr. Universo (los más importantes títulos del fisicoculturismo competitivo) haya dejado la política, tras su labor como gobernador de California. No. Se trata de su vuelta a la pantalla grande, aunque no de un regreso absoluto, dado que en los últimos 10 años ha realizado pequeñas apariciones y cameos, de los cuales el más destacado ocurre en la segunda parte de Los indestructibles (2012), nueva saga de cine de acción ochentosa creada por otro icono del género, su amigo y rival Sylvester Stallone (ya se verá que la referencia no es ociosa ni decorativa). Pero desde que tuviera el papel principal en la antiterrorista Daño colateral en 2002, una década ha pasado sin Big Arnold como protagonista. Y aunque no se trata de un gran actor, sin dudas sí de una estrella. La rentrée se produce en El último desafío, film de acción antes que policial, dirigido por el coreano Kim Jee-Woon, que combina los elementos necesarios para que el regreso sea digno.

Arnold es Ray Owens, un ex policía de Los Angeles que ha decidido alejarse de los peligros que en su oficio representa una gran y conflictiva ciudad, para convertirse en el veterano sheriff de un pueblito ubicado muy cerca de la frontera sur norteamericana, ahí nomás del tórrido México. Ray es feliz con su cargo, atendiendo problemas de gente sencilla y trabajadora, donde la rutina es apenas quebrada por algún partido de fútbol americano o por Lewis, el loquito del pueblo, amante de las armas, que dice tener todo en regla para abrir un museo de armamento. Pero mientras el viejo sheriff disfruta de ese remanso, Gabriel Cortez (Eduardo Noriega), el narco más peligroso desde la muerte de Pablo Escobar, es rescatado por sus secuaces en medio de una operación de traslado dirigida por altos cuadros del FBI. Cortez intentará salir de los Estados Unidos por tierra, conduciendo un súper auto, aprovechando su experiencia como piloto de carreras. Y, por supuesto, para ello deberá atravesar el pueblito del sheriff Ray, el último escollo que se interpone entre el villano y su libertad, entre los Estados Unidos y México, y por qué no, entre civilización y barbarie.

Si bien casi todo es esperable en El último desafío, desde que el villano sea un extranjero (aunque tampoco falta la conexión local, siempre necesaria) hasta la decisión patriótica del sheriff y sus hombres de convertirse en escudos humanos de la nación, hay unos cuantos bonus a favor de la película. El primero de ellos es sin dudas el trabajo de Kim Jee-Woon, uno de los directores coreanos más renombrados de la generación que propició la explosión del cine nacional en su país. Dueño de una versatilidad que le ha permitido abordar géneros disímiles siempre con éxito, del horror a la comedia y de la acción al western, Kim consigue renovarles el aire a muchas escenas de acción e intercalar de manera precisa los momentos de humor con los de violencia. El humor es otro punto fuerte.

Los indestructibles ya había demostrado que películas de este tipo ya no son posibles sin humor autoconsciente y hay bastante de eso aquí. La escena donde el sheriff Ray Owens habla con alivio de lo grato que es haber dejado Los Angeles, sabiendo que Schwarzenegger también la cambió por Sacramento durante sus 10 años como gobernador, carga un tono de ironía sutil que quizá pase desapercibido a muchos. En cambio nadie dejará de notar una gran broma políticamente correcta acerca de los inmigrantes, donde el republicano parece querer ganarse al electorado demócrata, en un film con un elenco muy latino friendly. Por supuesto que la clásica armamentofilia podría ser un punto criticable, si no fuera porque aquí depara algunas escenas casi eróticas, de hombres y mujeres acariciando largos caños cromados, preparándose para la batalla final, que quizá no estén muy lejos de la parodia. Todo lo que parecía serio y reaccionario en un film como el mencionado Daño colateral aquí se vuelve abiertamente lúdico, incluso cuando se abuse de ciertos estereotipos.

Arnold Schwarzenegger sigue siendo Arnold Schwarzenegger, con su rigidez física y su inglés con acento del Tirol. Nada ha cambiado. Como diría uno de sus mejores personajes, he’s back, y ésa es la buena noticia.

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