El silencio del cazador

Crítica de Ezequiel Boetti - Página 12

"El silencio del cazador": relato clásico de lucha contra la impunidad.

El actor encarna a un guardaparque que protege a la selva misionera de los cazadores furtivos en este notable thriller con resonancias ecologistas.

“Funcionarios sobran. Lo que hace falta es poner el cuerpo”, dice el guardaparque Ismael ante el planteo de su mujer de mudarse a Posadas por una oportunidad laboral y, con ello, dar una vuelta de página a la vida en común. La frase está en perfecta sintonía, primero, con el idealismo intransigente de un hombre que ha dedicado su vida a proteger la selva misionera de cazadores furtivos que, más por diversión que por necesidad, circulan sigilosamente entre la frondosa vegetación a la espera de una presa. Y segundo, con un mandato estético del director Martín Desalvo según el cual los personajes construyen su esencia, su manera de existir, en base a la corporalidad. Thriller con resonancias ecologistas, western anclado en las históricas tensiones de clase que, desde Ushuaia hasta La Quiaca, atraviesan a la Argentina, El silencio del cazador es una película intensa y nerviosa, una historia de enfrentamientos personales en el que se conjugan dos cosmovisiones opuestas.

El último trabajo del director de El día trajo la oscuridad (2014), El padre de mis hijos (2018) y Unidad XV (2018) arranca con una secuencia notable que muestra a Ismael (un Pablo Echarri inusualmente contenido) invisibilizándose en la selva para seguir con sigilo los sonidos provenientes de la actividad de un par de cazadores a los que, en este caso, encuentra con las manos en la masa. O, mejor dicho, en el cadáver de un animal. La situación está filmada con una cámara en mano que, si bien aquí no puede evitar el típico plano tembloroso de la espalda, en general no sigue sino que “replica” los movimientos de los personajes: si Ismael viaja en moto por un terreno pedregoso, la cámara también; si él está agachado y luego se levanta, el ojo electrónico seguirá ese camino. Que esté pegada a ellos, que casi siempre se mantenga al ras de la tierra y evite ese flamante lugar común visual que es el plano aéreo desde un drone, genera una atmósfera opresiva y asfixiante que hace sentir el calor y la humedad desde el otro lado de la pantalla.

Como Al acecho, otro muy buen thriller –que puede verse en Netflix– centrado en una guardaparque con el que éste tiene varios puntos en común, el entorno agreste es más que una locación: es un factor que condiciona los comportamientos y actitudes de un hombre perseguido por su propia historia. Una historia que es la de muchos, con el sometimiento a los poderosos y lucha contra la impunidad que otorga el dinero como características principales. Así lo demuestra la reaparición de “El Polaco” (Alberto Ammann), un terrateniente que desde su estancia, como en su momento su padre agonizante, hace y deshace a su voluntad, independientemente de la legalidad o no de sus planes. Cuando lo descubren por primera vez cazando con unos amigos en la selva, hay una advertencia. En la segunda la cosa ya pasa al terreno de la violencia física, con un disparo al hombro del compañero de Ismael cuyas consecuencias El Polaco arregla con una jugosa cantidad de billetes, como todo en su vida.

Pero el enfrentamiento entre El Polaco e Ismael va más allá de los límites selváticos, dado que es una relación asimétrica de larguísima data que arrancó con ambos padres enfrentados y que ahora encuentra un nuevo capítulo en la disputa por Sara (Mora Recalde), una médica del lugar que en su juventud novió con el primero y ahora lo hace con el otro. Puede sonar anacrónica una subtrama así en estos tiempos, pero Sara no es presentada como un botín sino como una mujer firme y decidida, dueña de sus decisiones y atenta a sus deseos. Está todo bien en El silencio del cazador, una película pensada desde la interacción de imágenes y sonidos con las líneas de diálogo, en la que sus temas se desprenden de las acciones y no al revés, en la que no hay personaje secundario sin relevancia en la trama. Lo único que hace ruido en la primera parte es el acento forzado de los actores, obligados a silbar las erres y remarcar la tonada del norte de la Mesopotamia. Pero la sensación no dura demasiado: es cuestión de dejarse envolver por los tentáculos de un relato que muestra que los géneros clásicos, aunque a veces no lo parezca, gozan de buena salud en el cine argentino.

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