El silencio del cazador

Crítica de Diego Lerer - Micropsia

Este western moderno que transcurre en la selva misionera se centra en los diversos conflictos que existen entre un guardabosques y un cazador furtivo. Pablo Echarri, Alberto Ammann y Mora Recalde son los protagonistas de este sólido thriller.

Una de las líneas más interesantes del cine argentino de los últimos tiempos es una que está alejada de algunos vicios históricos de gran parte de las películas hechas en este país. Si no sonara un poco excesivo, podríamos definir su estilo como neoclásico, uno que bebe de los códigos tradicionales del cine de género en su costado más modélico, si se quiere hasta arquetípico. EL SILENCIO DEL CAZADOR pertenece a ese linaje, lo mismo que algunos films recientes como AL ACECHO o EL INVIERNO, entre otros. Son herederas de la gran tradición del western clásico y de la obra de realizadores locales posteriores como Adolfo Aristarain, Fabián Bielinsky o Israel Adrián Caetano, cuyo EL OTRO HERMANO bien podría incluirse en esta suerte de recorrido.

La película de Desalvo (EL DIA TRAJO LA OSCURIDAD) funciona desde las imágenes y los sonidos, desde los silencios y las miradas, desde una cámara que investiga, husmea y se mueve en medio de una selva misionera envuelta en peligro y misterios. La trama que propone trabaja sobre elementos sociales, políticos y económicos –son enfrentamientos de clase, fundamentalmente–, pero a la vez lo hace desde el lugar más básico y si se quiere bestial de la lógica masculina: una suerte de pelea animal por la posesión del territorio, incluyendo a las mujeres que viven en él.

Ismael Guzmán (Pablo Echarri) es un guardabosques que protege su zona de la labor de cazadores furtivos. Está en pareja con Sara (Mora Recalde), una médica rural que vive con él y también trabaja allí. Y uno de los principales adversarios de Ismael es alguien conocido como «El polaco» (el actor argentino radicado en España Alberto Ammann), hijo de uno de los potentados de la zona y un hombre acostumbrado a hacer lo que quiere, a siempre salirse con la suya a partir del dinero y las conexiones. A los dos los (des)une otro tema: El Polaco fue novio de Sara varios años antes y esa es una rivalidad paralela que ambos sostienen y de la que la chica no parece poder tomar del todo distancia.

En EL SILENCIO DEL CAZADOR habrá otras subtramas que quedan en segundo plano por debajo del conflicto central entre estos dos hombres, subtramas que revelan las manipulaciones del poder económico de la zona y cómo los problemas se arreglan «al costado» de la ley. Y en ella se ven involucrados una serie de personajes (el elenco incluye a muy buenos actores como César Bordón, Cristian Salguero y Adrián Fondari) que son parte o sufren las consecuencias de esas tensiones históricas. Pero el núcleo es prototípico: son dos tipos peleándose cuerpo a cuerpo como animales salvajes por el territorio y por la presa, a tal punto que no pueden evitar revelar las limitaciones e impotencias de ambos.

El único aporte que puede ser considerado «moderno» al clasicismo imperante en el guión escrito por Francisco Kosterlitz tiene que ver con ir de a poco borrando las fronteras entre héroe y villano, entre el protector y el agresor, alteración que sirve para darle una mayor relevancia actual al relato. Es que Guzmán prueba ser, a su manera, casi tan impresentable (posesivo, dominante, agresivo) como su rival. Y El Polaco, que podría ser el villano clásico en la trama, es lo suficientemente humano como para que el espectador –casi como si fueran los ojos de Sara– advierta que entre uno y otro hay menos diferencias de las que parece haber.

Desalvo construye esta historia desde la acción y el movimiento. No hay grandes diálogos ni extrañas vueltas de tuerca narrativas. La película se construye desde los hechos, con la cámara recorriendo la selva, casi transpirando a la par de las persecuciones y de las tensiones que se van dando entre los tres protagonistas. Siempre un tanto nerviosa (si se quiere, otro gesto «moderno»), la cámara parece estar siempre persiguiendo a los personajes, corriéndolos de atrás, alcanzándolos con lo justo. Y el trabajo con la edición y el sonido son igualmente inmersivos: uno casi puede sentir el calor, la transpiración y la sangre en la pantalla.

Irreprochable en todos sus rubros –más allá de algún chirrido con los acentos misioneros que de tanto en tanto le recuerda a uno la naturaleza de la ficción–, EL SILENCIO DEL CAZADOR prueba, como las otras películas antes mencionadas, que hay un registro posible para un cine argentino que intente ser accesible y hasta comercial sin dejar de ser noble, honesto y tan cuidadoso como coherente en lo formal. El cine clásico de género –y sus grandes practicantes– siempre ha demostrado ser lo más parecido a la tierra firme que existe a la hora de meterse en el complicado mundo de hacer películas. Y este western moderno de Desalvo se sostiene, como dice la frase, sobre los hombros de gigantes.

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