El silencio del cazador

Crítica de Alejandra Portela - Leedor.com

En un cine como el argentino tan claramente urbano, es llamativo que dos películas, al menos en el último año, tomen como escenario ese particular territorio que es el Parque Nacional. Área protegida que resguarda los espacios naturales, sus recursos, patrimonio del Estado. Habrá que pensar què representa esa insistencia para este cine argentino. El parque preserva algo del bosque medieval: pueden esconder cualquier cosa sus espesuras, como un tigre por ejemplo, configurado casi como un objeto mìtico, Son lugares tambièn indicados para marcar la eterna lucha entre el bien y el mal. Si se lo toma desde algo màs racional el parque suele estar amenazado por intereses violentos y personales.
En Al acecho (Francisco D´Eufemia, 2019) un guardaparques (Rodrigo de la Serna) se enfrenta a un grupo de mafiosos que roba animales de las reservas protegidas. D´Eufemia (Fuga de la Patagonia) manejó bien allì el ritmo del conflicto entre perseguidores y perseguidos dándole un marco ético y moral en el que un pasado espùreo debìa ser exorcisado.
El ambiente no es muy diferente en El silencio de el cazador de Martin Desalvo, que se estrena este jueves 1 de abril. Producción de la provincia del Instituto Audiovisual de la provincia de Misiones, y con el escenario natural del parque misionero, Pablo Echarri hace tandem con Alberto Amman, actor argentino que vive en Madrid y que desarrolló su carrera en el mercado internacional. Ambos, funcionan muy bien en pantalla.
El guardaparques que interpreta Echarri es de origen humilde. El otro, hijo de una terrateniente en la selva misionera. El conflicto de clases hace visible otros enfrentamientos en la historia: las comunidades indìgenas o las mujeres abusadas por sus patrones.
El guiòn de Francisco Kosterlitz construye un trasfondo bien masculino donde las amas, las escopetas o los animales muertos no son otra cosa que subtemas desglosados de las luchas de poder. Una historia clásicas de de trìos amorosos donde las cosas suelen terminar mal. Desalvo le da carnadura visual a esa intensidad.
La càmara es movediza usualmente muy pegada a los personajes con largas tomas que aprovechan esa tierra roja repleta de pasiones. Tal vez cueste al principio acostumbrarse al lenguaje misionero, algo forzado, de los protagonistas foràneos, pero esto no mella lo que logra Desalvo que es finalmente combinar una tradiciòn cinematogràfica de historia clàsica y atrapar con un producto bien digno para el cine nacional.

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