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El rey del Once

Crítica de Adrián Kaplan Krep - A Sala Llena

Todos los vidrios del frente de la Fundación Pele Ioetz están tapados y no se puede ver hacia adentro. Todos los días las rejas del local están bajas, como si estuviera cerrada en un eterno sabbath. Pero no está cerrada. Hay, justo en la fachada que da a la esquina, una puertita. Cerrada, sí, pero sin reja. Desde ahí atienden a toda la gente de la comunidad judía que no tiene los medios para comprarse remedios, ropa, comida o para hacer un bat mitzvah. Y es esta fundación (que existe en la vida real) la que elige Daniel Burman (El Misterio de la Felicidad, 2013; La Suerte en tus Manos, 2011; Dos Hermanos, 2010; El Nido Vacío, 2008; entre otras) como base de operaciones para su nueva película: El Rey del Once.

Ariel (Alan Sabbagh) es un economista que vive en Nueva York y que, ante el pedido de su padre, Usher (el director de la fundación), debe volver para darle una mano. Es en esta vuelta a la patria, a la ciudad, al barrio de Once, en donde Ariel intenta reencontrarse con su padre pero éste lo evita. No se sabe si es a propósito o no. Es sólo una voz en el teléfono que le dice al personaje de Sabbagh qué es lo que tiene que hacer o a dónde tiene que ir para hacerle una gauchada. En el medio de ese traqueteo conoce a Eva (Julieta Zylberberg), que no habla. No es muda. Por religión, no habla. Ella lo ayuda (mandada por Usher) a realizar diferentes tareas en la fundación y así es cómo se crea un vínculo, al principio, extraño.

Ariel es un personaje sin personalidad. Le piden que haga cosas y (aunque quiera) no puede decir que no. Recién llegado, no se halla en el mundo judío de Once. Es un personaje fuera de lugar y Alan Sabbagh capta a la perfección ese temprano desconcierto. Actor sutil, económico, se mueve como pez en el Mar Mediterráneo.

El Rey del Once retoma el tono de Esperando al Mesías (2000), El Abrazo Partido (2003) y Derecho de Familia (2005). En las primeras dos, el barrio de Once es protagonista. En Derecho de Familia, no. En ella se sale del barrio pero hay algo en el tono que las hermana y, a su vez, separa de los títulos más actuales de Burman mencionados al principio. El judaísmo siempre está presente en todas sus películas. En algunas más, en otras menos. En el caso de El Rey del Once el porcentaje es muy, muy alto. Pero está bien que así sea. El mundo en el que se mueven los personajes así lo requiere porque sus vidas se van en eso: rituales en las piletas y vestuarios del templo. Comidas judías, palabras puestas por aquí y por allá en idish o hebreo. Caminatas por Lavalle y Pasteur en mitad de la noche. Y la frase de Usher ante la recriminación de Ariel al meterse con un matarife: “es sangre kosher, no pasa nada”.

Todo ello es parte del universo Burman. Y se lo nota cómodo en su vuelta al barrio. También se lo siente a gusto al regresar a la relación padre- hijo que tanto ha profundizado en sus películas anteriores, y que en esta -por medio de la culpa, la ausencia, el resentimiento por cosas no resueltas de la infancia y por la presión de tener que ocupar en la sociedad el lugar que el padre deja- traen de vuelta, de la mano de El Rey del Once, a la mejor versión de Burman.

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