El precio de la codicia

Crítica de Felipe Quiroga - CiNerd

LA CONSPIRACIÓN DE LOS IDIOTAS

¿Para qué sirven los mercados financieros? ¿De verdad son tan importantes para nuestra vida cosas como la bolsa de valores o la compra y venta de acciones? ¿De qué manera impacta lo intangible en el mundo real? ¿Es uno más importante que el otro? EL PRECIO DE LA CODICIA (MARGIN CALL) nos invita a que nos hagamos ese tipo de preguntas, al mismo tiempo que muestra las fisuras del sistema capitalista y retrata con crudeza el trato deshumanizado y abusivo que tienen las empresas hacia sus empleados. Lo más destacable de este film son las reflexiones que dispara y las actuaciones de un elenco de buenos intérpretes, algunos reconocidos (como Kevin Spacey, Demi Moore, Stanley Tucci, Paul Bettany y Jeremy Irons) y otros no tanto, pero no por eso menos sólidos (como Zachary Quinto y Simon Baker).

En una compañía financiera, se lleva a cabo un recorte de personal. Uno de los despedidos es Eric Dale (Stanley Tucci, en una de las mejores actuaciones del film, aunque no tiene demasiado tiempo en pantalla), a pesar de sus muchos años de trabajo. Antes de irse, casi corrido a los empujones, logra pasarle a uno de sus subordinados una investigación en la que estaba trabajando pero que no pudo completar. El joven empleado, interpretado por un correcto Zachary Quinto, profundiza los cálculos y llega a la conclusión de que se viene el estallido. Entonces, comunica la proyección del desastre financiero a sus superiores. Aquí resulta muy curioso ver como los datos, debido a su gravedad, van pasando de jefe en jefe hasta llegar al punto de convocar a una reunión de urgencia con el capo máximo de la compañía para tomar las decisiones con las cuales resolver un caos que parece inevitable.

El director y guionista J.C. Chandor construye un buen relato de suspenso creciente, pero falla en los momentos en que busca hacer comprensible el mundo de las finanzas: hasta la mitad de la película cuesta entender la gravedad de lo que está sucediendo. Lo gracioso es que son los mismos jefes los que les dicen a los empleados más jóvenes que no entienden los gráficos de datos y les piden que les expliquen las proyecciones financieras de forma simplificada: esto genera, por otra parte, una reflexión interesante: ¿Quiénes son estos tipos y cómo llegaron a estar tan arriba en la jerarquía de la compañía? El jefe de jefes (un Jeremy Irons avasallador, al que sólo le basta un par de escenas para demostrar su solidez actoral) explica en un momento que hay tres formas de triunfar: ser inteligente, engañar o ser el primero en hacer algo. Estos tipos demuestran que no son inteligentes, y son ellos, con sus decisiones estúpidas, sus trajes caros, encerrados en sus oficinas elegantes en edificios altísimos, los que impactan gravemente en el resto de la sociedad: al final parece que nada tiene sentido, que todo es una broma, un juego, una conspiración de idiotas que se hunden y nos llevan a todos hacia el fondo. Y lo peor es que nadie es culpable porque la orden vino de arriba.

Otro aspecto sobre el que reflexiona la película es la manera en que las empresas tratan a sus empleados, que muchas veces dan años de servicio y a cambio sólo reciben la frialdad de un gigante silencioso que descarta a los que no le sirven. Un claro ejemplo de esto es Eric (Stanley Tucci), quien luego de haber sido despedido es obligado a regresar cuando se lo necesita. Algo similar pasa con Sam Rogers, rol interpretado por Kevin Spacey (quien logra darle consistencia necesaria a uno de los personajes más interesantes del film): se trata de un hombre que ha trabajado durante casi 40 años en la compañía y no tiene nada más que su trabajo, aunque ni siquiera se le respeta su punto de vista. Incluso cuando manifiesta su deseo de renunciar, su jefe le pide (sin darle mucho margen para negarse) que se quede dos años más: es prácticamente un prisionero.

La película tiene diálogos ingeniosos, buenos personajes -pero mejores actuaciones- y plantea interesantes ideas. Otro punto a favor es que está basada en los hechos que llevaron a la crisis financiera de 2008 en Estados Unidos, con lo cual, por medio de un enfoque realista, intenta ser un llamado de atención sobre los manejos de un sistema agrietado, aunque sin emitir un juicio. Sin embargo, en el balance general de EL PRECIO DE LA CODICIA, aprecen algúnos números en rojo: los conceptos financieros (que son cruciales en la trama) se vuelven, por momentos, demasiado técnicos, algo que no deja que el espectador pueda entregarse completamente al disfrute del film.