El monte

Crítica de Gustavo Castagna - A Sala Llena

FIGURAS EN UN PAISAJE

Un extenso y minucioso dron sirve como herramienta para la presentación del personaje, acaso principal, de la historia a contarse en menos de hora y media. La selva, interminable, corrobora el enigma a desentrañar: un sugerente espacio de convivencia de un hombre, ermitaño por decisión propia, alejado de su familia, de los servicios elementales para la supervivencia, como un Crusoe formoseño que no necesita nada, solo eso, fusionarse con el paisaje. Y el tercer protagonista, el hijo de ese hombre, que viene a descubrir que su progenitor está en ese mundo muy aferrado a lo elemental y sin ninguna urgencia de pegarse la vuelta a un territorio menos inhóspito, tal vez amable.

Con esos tres personajes el director Sebastián Caulier construye su tercera película luego de las citadinas y adscriptas al crecimiento adolescente La inocencia de la araña y El corral. Acá el espacio se amplía y no necesita idas y vueltas argumentales en la narración ya que los pliegues y repliegues de aquello que se cuenta es mínimo, pero también, trascendental y misterioso. La relación padre e hijo se describe a través de breves y escuetos parlamentos, miradas de reojo, silencios y escasos afectos, Es una relación donde el presente del progenitor no encuentra respuesta en la necesidad de ese hijo, presto a escuchar el porqué del extraño comportamiento del padre.

En ese punto, El monte ya transmite un interés poco frecuente en una historia particular de vínculos inestables: en esas conversaciones se sugiere más de lo que se expresa, se esconden secretos más que el hecho de apurar ciertas revelaciones que podrían llegar a la confrontación entre ambos personajes. Pero será ese espacio verde interminable, primitivo e intimidatorio, el que se erigirá en el sustento dramático de la historia.

La naturaleza en su aspecto más primitivo y acorde al género fantástico cobra vida luego de la primera media hora de iniciada la película. El sonido invade al personaje del padre, a su cuerpo y mente, como una posesión intangible sin señales claras, acomodada al estupendo uso del fuera de campo que elige el cineasta Caulier.

Cuando el padre mira hacia ese espacio y el hijo, en tanto, observa esos mínimos movimientos, la cámara nos ubica en el lugar de quien desea ver más. Pero no. Es más que suficiente por aquello que El monte escamotea que debido a la necesidad de mostrar enigmas arraigados a hechos que no requieren explicaciones. En esos encuentros, más de uno, entre el personaje del padre y la naturaleza, la película se convierte en un sugestivo cruce de relato sobre exorcismo con una puesta en escena, por momentos, deudora de mejor cine del tailandés Apichatopong Weerasethakul.

Pero más allá de invocaciones e influencias, el film de Caulier tiene su vida propia, sostenida en una química actoral de primer nivel entre los dos personajes familiares. A propósito: la notable composición actoral de Gustavo Garzón y su fluctuante criatura recuerda a la de Alan Bates en El grito / El alarido de Jerzy Skolimovski, otra película con ciertas afinidades a esta que transcurren en la vegetación formoseña.

Y el principal protagonista, ese que se presentó en la primera toma, que también expresa su vitalidad a través de sonidos y silencios. Ese espacio sin fin que en El monte incomoda, abruma, molesta. Pero al que más que verlo desde su inmensidad se lo intuye a través de sus misterios nunca definitivamente revelados.