El jilguero

Crítica de Pablo O. Scholz - Clarín

La adaptación de El jilguero, el best seller de Donna Tart, que hizo John Crowley, el director de Brooklyn, honra tanto a su original que lleva a recordar que ser respetuoso no siempre acaba conduciendo a satisfacer los sentimientos.

Para ser más claros: eran tantas las desgracias que padecía Theo Decker que hasta la manera en que se resuelve la película, tras casi dos horas y media de duración, más que conmovido deja al espectador tieso, apesadumbrado.

El filme va y vuelve en el tiempo. Arranca con Theo adulto en Amsterdam, culpándose por una muerte, con algo de sangre en su camisa. Pero no es un fallecimiento reciente lo que aflige y casi descompone al atildado hombre, sino la de su madre. Tenía 13 años cuando juntos visitaron el Museo Metropolitano, en Nueva York, el día que ocurrió un atentado terrorista. Su madre muere, él sobrevive, y como no ve a su padre desde hace años, una familia rica, en más de un sentido (la madre es Nicole Kidman), lo adopta.

Pero hay otro contacto que lo cambiará. En el museo, un hombre le entrega y le dice algo antes de fallecer. Y Theo va a un negocio de anticuarios, y conoce a Hobie (Jeffrey Wright), que pasa a ser como un padre.

El problema para Theo es que su verdadero padre (Luke Wilson) regresa y se lo lleva al desierto de Nevada. Las malas compañías comenzarán a mellar en su entereza cuando conozca al ucraniano Boris (Finn Wolfhard, de Stranger Things e It). Drogas, alcohol y delincuencia aquí van de la mano.

El filme va así sumando problemáticas a Theo, pero en vez de ser una masa más o menos homogénea, es una mezcolanza. La falta de ritmo y cómo se suman líneas narrativas (que van del arco de la comercialización en el mundo del arte -el título tiene que ver con un cuadro perdido en el Museo- a abusos de variado tipo) terminan generando más agobio y pesadumbre al ir aclarando los vaivenes de la trama (hay un guiño a Zama, la novela de Antonio Di Benedetto).

Como se advierte, elenco al filme no le falta. Y Oakes Fegley ya está acostumbrado a lidiar y sufrir con dramas. El pequeño actor de Mi amigo el dragón y Wonderstruck, de Todd Haynes, está en comparación mejor que Ansel Elgort (Baby: El aprendiz del crimen y Bajo la misma estrella). Y el realizador irlandés contó detrás de cámara con Roger Deakins, un iluminador como hay pocos.

La suma puede restar en vez de alcanzar un mejor producto, que, se ve, es lo que le sucedió a El jilguero.

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