El jilguero

Crítica de Anabella Longhi - La Prensa

Hay películas que desde el vamos cuentan con las piezas necesarias para ser prodigiosas. Eso es lo que sucede con "El jilguero": está dirigida por John Crowley, el mismo del drama romántico "Brooklyn", y tiene como director de fotografía a Roger Deakins. Está basada en la novela homónima de Donna Tartt, ganadora del premio Pulitzer 2014, y el elenco lo integra Ansel Elgort, Nicole Kidman, Sarah Paulson y Jeffrey Wright. No obstante, el filme no cumple con las expectativas.

Con una narración que va y viene en el tiempo, la película -que fue presentada recientemente en el Festival de Cine de Toronto- comienza en una habitación de hotel en Amsterdam. Theo (Elgort), un joven al borde del suicidio, rememora ese día en el que su vida dio un giro inesperado: el del atentado.

ANTES Y DESPUES

El filme retrocede ocho años para mostrar a un Theo púber (Oakes Fegley) que pasea por el Museo Metropolitano de Arte de Nueva York con su madre cuando una bomba explota en el lugar. Al morir ella, y sin saber del paradero de su padre, Theo se queda con la familia de un amigo de la escuela, los conservadores Barbour.

Mientras el protagonista hace el duelo y se adapta a los nuevos cambios, visita a Pippa (Aimee Laurence), una chica que estaba ese día en el museo y terminó herida, y a su tutor Hobie (Wright), un restaurador de muebles que le es afín y despierta su admiración.

Justo cuando Theo comienza a sentirse cómodo con los Barbour, sobre todo con la madre del clan (Kidman), quien baraja la posibilidad de adoptarlo, aparece el padre (Luke Wilson), un actor de poca monta, con su chica Xandra (Paulson) para llevárselo a vivir a Las Vegas. En el traslado, Theo lleva escondida la pintura "El jilguero", de Carel Fabritius, el cuadro que tomó del Met después de la explosión.
Instalado en Las Vegas y sin sentirse a gusto con su familia paterna, Theo conoce a su amigo Boris (Finn Wolfhard, de "It" y "Stranger Things"), un ucraniano con quien experimenta el consumo de algunos estupefacientes, para finalmente escapar hacia Nueva York, ya no siendo ese niño disciplinado e inocente.

"El jilguero" es un drama, pero también es un relato de iniciación y, además, hacia el tercer acto se vuelve una historia de gangsters. En esa hibridación de géneros es donde la película pierde el hilo conductor. Son 149 minutos de esbozar varias ideas y subtramas que no terminan de lograr un producto sólido. La mayor ambición del proyecto -y quizás el mayor fallo- fue transponer la extensa novela de Tartt y condensarla en una pieza fílmica.

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