El escuadrón suicida

Crítica de Rodrigo Seijas - Funcinema

SENSIBILIDADES A MITAD DE CAMINO

Esta reversión/secuela -más lo primero que lo segundo- que es El Escuadrón Suicida está gozando de un gran respaldo de la crítica, que mayormente enfatiza cómo James Gunn ha logrado hacer confluir una amalgama de sensibilidades propias de su cine de forma armónica. Pero lo cierto es que, aunque es cierto que ese conjunto de tonalidades está ahí, a la vista, la armonía solo existe de a ratos, en un film que en buena medida sale beneficiado a partir de la comparación con su desastroso predecesor, que había dejado la vara muy baja.

Convengamos que igual Gunn se enfrentaba a un desafío importante, aunque autoimpuesto: cuando Warner le dio a elegir qué propiedad de DC quería abordar, él eligió esta, y encima con la garantía de carta libre para hacer lo que quisiera, sin condicionamientos del estudio. Sin embargo, El Escuadrón Suicida llega a un territorio donde ya varios han dejado su marca: por ejemplo, desde el lado de la comedia de calificación Restringida, como Deadpool; o a partir de la vertiente del relato de familias disfuncionales formadas por marginales, como Guardianes de la Galaxia, del propio Gunn. A eso había que sumarle la necesidad de diferenciarse rápidamente del Escuadrón Suicida de David Ayer, pero solo lo justo y necesario: de ahí que el arranque del film sea casi en el medio de la acción, con la información volcada desde una perspectiva más corrosiva que canchera, apelando a referencias genéricas como Doce del patíbulo o La pandilla salvaje. Gunn busca, desde el primer minuto, decirnos que esto es diferente, que él no tiene ataduras, que la sangre puede brotar a borbotones, que cualquiera de los protagonistas puede morirse a la primera de cambio. Sin embargo, todo está mucho más calculado y condicionado de lo que quiere pretender.

Lo que sí hay que reconocerle a El Escuadrón Suicida es que no exhibe dificultades para plantear su premisa, incluso a pesar de algunos jueguitos temporales un tanto innecesarios. El asunto es simple: hay un pequeño país, una isla llamada Corto Maltés, donde, tras un golpe militar, ha asumido el poder una administración con sesgo antinorteamericano y en poder de un arma que podría ser letal. Por eso se envía a un grupo de criminales en una misión encubierta solucionar el problema, sin importar los costos. Ese conjunto de antihéroes, donde se destacan Harley Quinn (Margot Robbie), Bloodsport (Idris Elba), Peacemaker (John Cena), Ratcatcher 2 (Daniela Melchior) y Polka-Dot Man (David Dastmalchian), además del Coronel Rick Flag (Joel Kinnaman), deberán encontrar la forma de trabajar en conjunto y complementarse frente a un escenario totalmente adverso. Al fin y al cabo, ese es el verdadero conflicto de fondo: un rejunte de marginados aprendiendo a confiar en sus compañeros circunstanciales, a entablar vínculos afectivos y a redimirse un poco de sus errores previos.

Claro que ese núcleo narrativo y temático, que se intuye a primera vista, solo se hace carne de forma consistente en el tramo final de la película. Antes cuesta palpar esas sensibilidades confluyendo que son parte de la filmografía previa de Gunn. La sangre y las tripas están, por todos lados, pero más como gesto que como un verdadero componente de la fisicidad que debería transmitir el relato. Algo parecido puede decirse de la comedia: los insultos y la escatología son instancias forzadas, más en función de dejarnos en claro que los personajes pueden putear o decir cosas sin sentido que como elementos que ayudan a definir sus identidades. Y si bien es innegable que la película despliega unas cuantas ideas visuales interesantes -todo lo referido a las ratas está muy bien y en algunos casos es brillante-, en muy pocas ocasiones hacen sistema y conforman una totalidad armónica. El Escuadrón Suicida dice muchas cosas, pero en varios pasajes se olvida de narrar y opta por un griterío un tanto insulso.

Cuando Gunn se olvida de competir en cantidad de pirotecnia estética, genérica y narrativa con otros exponentes del cine reciente, para concentrarse en el pequeño relato que tiene para contar, El Escuadrón Suicida crece donde corresponde, que es en el terreno de lo sensible y lo afectivo. Por eso en los últimos minutos, a pesar de algunos giros forzados, surge ese cuento de familia armada en el medio de la acción, de amigotes un poco bestias pero honestos entre sí. Ese cuento de héroes casi involuntarios pero simpáticos, que ya vimos un montón de veces, aunque casi siempre funciona cuando está bien hecho. En El Escuadrón Suicida hay una batalla constante entre la pose y la sinceridad, sin un ganador claro.