El conjuro 2

Crítica de Jessica Blady - Malditos Nerds - Vorterix

ANÁLISIS: EL CONJURO 2 (THE CONJURING 2, JAMES WAN, 2016)
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Por: Jessica Blady

TAGS: James WanEl Conjuro 2
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James Wan vuelve a demostrar que, en materia terrorífica, se mueve como pez en el agua.
Amantes del terror, quédense tranquilos que el género está en buenas manos cuando se trata de James Wan, un tipo que hizo escuela con el cine de bajo presupuesto y dejó a todos con la boca abierta de la mano del gore desmesurado de “El Juego del Miedo” (Saw, 2004), pero también logró rescatar los elementos y los climas más clásicos con “El Conjuro” (The Conjuring, 2013) y esa mezcla de drama e “historias basadas en hechos reales” que ponen los pelos de punta, piel de gallina y juegan con nuestra cabecita a lo largo de dos horas.

Con “El Conjuro 2” (The Conjuring, 2016) Wan redobla la apuesta y se sumerge un poco más en las vidas personales de Ed (Patrick Wilson) y Lorraine Warren (Vera Farmiga), famosos investigadores de lo paranormal cuya meta es ayudar a aquellos que deben lidiar con estos sucesos inexplicables que, muchas veces, no encuentran apoyo (ni credibilidad) por otras vías. La pareja sabe detectar los fraudes y proceder según sea la gravedad del asunto.

Atrás quedó la tragedia de los Perron, y ahora los Warren se enfrentan a su caso más renombrado, ese que los catapultó a la fama y el frenesí de los medios, pero que también dejó unas cuantas secuelas psicológicas en la clarividente. El director nos se anda con vueltas y como prólogo nos muestra un poquito (no todo) de lo que ocurrió en Amityville, esa historia ya la vimos repetidamente, pero acá el ángulo es totalmente diferente y un primer punto a favor para esta secuela que, en mi opinión, supera bastante a la original en muchos aspectos.

Amityville deja su marca en este dúo inquebrantable que se promete así mismo bajar un cambio y no aceptar más casos que los pongan en peligro. Mientras tanto, al otro lado del charco en una callecita de Enfield, al Norte de Londres, una madre soltera (Frances O'Connor) y sus cuatro hijos empiezan a experimentar varios sucesos violentos y sin explicación aparente, sobre todo, la pequeña Janet Hodgson (una increíble Madison Wolfe) que se convierte en el blanco de un espíritu maligno que no ve con buenos ojos que usurpen su hogar.

Estamos en 1977 y, un poco a regañadientes, Ed y Lorraine aceptan viajar a Inglaterra para comprobar la veracidad de la “posesión” y dejar que la iglesia se haga cargo. Las pruebas no son contundentes, pero eso no quita que los investigadores vayan a hacerse a un lado y abandonen a esta familia en desgracia.

Ya desde la austeridad de sus títulos, “El Conjuro 2” nos remite a los mejores clásicos del género como “El Exorcista” (The Exorcist, 1973) o “La Profecía” (The Omen, 1976), films que se basan más en las relaciones humanas (y el terror psicológico, el del espectador, claro está) que en los artificios del susto fácil y el monstruo en cuestión.

Wan juega con las sombras, los ruidos, el fuera de foco, las voces y una cámara prodigiosa que se mete en cada recoveco de la pequeña casa de los Hodgson. Su “monstruo” toma muchas formas y ahí, tal vez, exagera un poco, pero es dónde más deja volar su imaginación como artista. Lo demás es solemne, angustiante, muy angustiante porque nos conecta con esta pequeña criatura que sufre y su familia, pero también con el drama de los Warren, porque ellos no están hechos de piedra.

Ahí está la clave de todo, en los personajes y sus vicisitudes, su drama personal que nos pega tanto como los sustos que nos hacen saltar de la butaca. Por suerte, el director sabe equilibrar toda esa tensión con un poco de humor efectivo (chistes que realmente funcionan en una trama tan macabra) y otros momentos de pura relajación (acompañados de una gran banda sonora) que la historia necesita para que no salgamos corriendo despavoridos de la sala.

“El Conjuro 2” no viene a revolucionar el terror, pero sí rescatar lo mejor que tiene. No puede evitar algunos clichés del género y caer en cierto melodrama, pero en manos de este genial grupo de intérpretes y la maestría de su realizador para narrar desde lo visual, no molesta y se convierte en un elemento nostálgico más. Con esta secuela la franquicia se expande, no sólo sumando un caso más a la misma, sino ampliando la historia de sus personajes principales. La película de Wan nos hace padecer el miedo, pero también sufrir por sus protagonistas y eso, eso siempre es muy bueno.