El asesinato de la familia Borden

Crítica de Rosana López - Fancinema

DRAMA POR SANGRE

Un suceso basado en hechos reales hace 126 años puede aún seguir siendo un interesante relato contado desde otra perspectiva más dramática, opresiva y, por qué no, cuasi justificativa de eventos a posteriori. Este es el eje central de El asesinato de la familia Borden, que aprovecha para desglosar una historia criminalística cuya principal culpable quedó absuelta más por su status social de época que por falta de evidencias. Un evento que marcó a la opinión pública de Estados Unidos de finales del Siglo XIX pero que, sin embargo, en este film es resuelto a través de un drama dentro de una sociedad ultraconservadora y de autoritarismo masculino.

Lizzie Borden -interpretada soberbiamente por Chloe Sevigny- es la hija menor y “solterona” con una hermana en las mismas condiciones de una familia acomodada, cuyo padre patriarcal se rehúsa a utilizar los avances de la tecnología del momento más por un perfil tacaño que por adherir a una filosofía romántica del pasado. También rondan por allí una vieja madrastra que tiene una relación chocante con Lizzie y un muy siniestro y codicioso tío que sueña con hacerse de la gran fortuna de los Borden. A esa casa llega una joven (Kirsten Stewart) como empleada doméstica, siendo explotada por su patrón en contraposición a un interesante y tal vez enriquecedor lazo de amistad con Lizzie. En medio de esa opresión y hermetismo latente en ese caserón, Lizzie desafía en toda ocasión social a su padre, al mismo tiempo que le muestra la mayor amabilidad a Lizzi, enseñándole que las mujeres deben ser respetadas en sus derechos.

El film de Craig William Macneill opta por dos historias paralelas que se entrelazan y van y vuelven en el tiempo. Por una parte, la amistad entre estas dos mujeres de diferentes estratos sociales, y por otra, el clima de hostigamiento infundado por el jefe de hogar hacia las féminas que habitan en ese hogar, con conductas que abarcan el autoritarismo, engaños y violaciones. Un ambiente asfixiante propicio para que este drama con mezcla de thriller pida a gritos una heroína que traiga justicia a esa agravante situación.

El realizador logra con su perspectiva mantener el suspenso aún para el público conocedor de esta historia, que queda distraído en la primera etapa dramática de sufrimiento hogareño para luego sorprenderse -una vez más- junto a quienes desconocen este caso histórico con lo mayor crudeza posible. Y opta por humanizar a Lizzie Borden como una mujer de una fuerza y entereza que a pesar de su enfermedad epiléptica se desborda a una resolución inteligentemente premeditada. De esta forma, le quita todo ese halo psico-killer que caracterizó a la figura de Borden como parte de la cultura folklórica de Estados Unidos.

El asesinato de la familia Borden -un título que no simboliza auténticamente al film- es un claro ejemplo de otras visiones más humanizadas que se contraponen a mitos de personajes seriales conceptuados como bestias aborrecibles. Con ello, el director no busca tomar una postura sino otorgar una visión creativa y diferente, con una vuelta de tuerca más productiva y madura.