Duna

Crítica de Victoria Leven - CineramaPlus+

Frank Herbert creó en el año 1965 una novela de ciencia ficción – que luego completaría en una serie de obras construyendo una saga – Dune, la novela maldita para la historia de las transposiciones de la literatura al cine en este género tan icónico y de la mano de varios grandes directores que tentaron o que abismaron su carrera en el intento, así como Alejandro Jodorowsky que nunca llego a su destino y David Lynch que la considera su peor experiencia lingüística y productiva dentro de una carrera genial e indiscutible.

Hoy, el elegido por la industria y el arriesgado en esta empresa ciclópea es Dennis Villeneuve, que ya había pisado el territorio duro del género en La llegada (Arrival, 2016). Pero mas allá de la calidad de su filme anterior Dune es, fue y será un coloso que se impone entre la palabra y la pantalla.

En este abordaje la obra se presenta dividida en dos partes, la parte exhibida actualmente es Dune Parte I, por lo que entendemos que habrá una parte II inevitablemente, y quien sabe si una III o una IV y así sucesivamente como en la saga novelística original.

La obra de Herbert propone y demanda mucho para la tarea narrativa en el lenguaje audiovisual, misticismo, dramaturgia, cosmogonías precisas, niveles de información gigantes, personajes shakespereanos y un relato bíblico instalado en el espacio más arduo de la imagen, el desierto. El universo del inconsciente puesto en el espacio narrativo. El todo y la nada en un mundo sci- fi.

Si hay algo que se propone como una narración del canon clásico es esta versión de Villeneuve, que organiza la trama de la parte I en tres bloques bien definibles. La introducción o Acto I donde nos presenta al mundo, sus personajes y todo el catálogo de información sobre la familia real, los antagonistas, y las batallas pasadas que predicen las venideras.

En el segundo Acto del filme la narración se transforma en una secuencia infinita de escenas de acción, conflictos bélicos, situaciones hostiles, muertes varias y sobrevivientes esenciales. Un canon del que llaman los teóricos canónicos , el acto de la lucha. Y dado que el filme tiene una continuación el Acto III presenta el giro del protagonista hacia su destino heróico, y no tengo mucho más que detallar para no caer en el spoiler.

Las escenas de lugar a lugar de contexto a contexto pasan por corte a una velocidad donde la introspección, la reflexividad y hasta el problemático carácter rizomático de la novela no logra plasmarse.

Sin incomodar a los amantes de Star Wars, esta propuesta de Dune también tiene al mismo tiempo todo ese aire a space opera, a novela familiar, al camino del héroe, pero la génesis de ambos proyectos es tan opuesta, que lo que queda a la luz es que aun Dune no logra revelarnos su alma, como alguna vez la otra lo consiguió para sus amantes.

La belleza espectacular de los decorados, con un diseño estético de gusto exquisito, la fotografía, los planos monumentales, y la capacidad expresiva de ese mundo visual hace olvidarnos de hasta los mismos efectos especiales. El diseño de sonido es otra estrategia para atrapar la atención del espectador, ya que está construido en capas de compleja elaboración generando climas de manera constante y creciente.

El joven Chamalet cumple de manera eficiente con su función de hijo del líder de la Casa Astreides, un personaje hamletiano, en plena crisis existencial que busca definir su destino y su identidad abrumado por visiones y sueños entre perturbadores y premonitorios.

El saldo es más un interrogante que una respuesta definitiva. Si Dune toma este camino, querría saber como hará Villeneuve para seguir su sinuoso derrotero narrativo con la sombra de Herbert tras sus pasos.