Drift

Crítica de Manuel Yáñez Murillo - Otros Cines

Contundente y al mismo tiempo esquivo, el primer plano de Drift augura las sugerentes ambigüedades y las poderosas certezas de la ópera prima de la cineasta alemana Helena Wittmann. Mientras la cámara permanece fija, durante largo rato, sobre lo que parece una cama de hotel perfectamente arreglada, escuchamos las voces de una pareja de mujeres que charlan amistosamente. El uso casi radical del fuera de campo pone el énfasis sobre la dimensión sonora, mientras que la ausencia de los cuerpos de las mujeres acentúa el suspense y los interrogantes: ¿qué relación mantiene la pareja protagonista? ¿Son amigas, hermanas o amantes? Esa “invisibilidad” inicial se interrumpirá para mostrarnos, pasajeramente, la calidez del acompañamiento, al tiempo que puntúa un minimalista relato vacacional. Sin embargo, como descubriremos en la poderosa franja central del film, el rol que ocuparán las protagonistas en el film tendrá mucho que ver con esa ausencia inicial.

En un momento determinado, sin previo aviso, la película se da a la fuga, cercenando la posibilidad de una narración y adentrándose en una fascinante odisea marítima. Cabe apuntar que el mar ha conquistado el imaginario de un buen número de grandes cineastas, de la arremolinada estela del buque que abría The Master, de Paul Thomas Anderon, al parsimonioso vaivén de los planos oceánicos de L’intrus, de Claire Denis. Wittmann aborda la observación marina de un modo sistemático y al mismo tiempo libre, como si se tratara de un compendio desordenado de todos esos momentos en los que Melville describía el oleaje en Moby Dick. Wittmann se enfrenta a la inmensidad aguasalada con una voluntad dialéctica, proponiendo salvajes duelos entre el mar y la línea del horizonte, el mar y el cielo encapotado, el mar y su propia geometría variable.

Por momentos, Drift parece acercarse a Leviathan, de Lucien Castaing-Taylor y Verena Paravel, en su ilusionista propósito de formular un autorretrato de la propia naturaleza. Sin embargo, más cerca de obras como At Sea de Peter Hutton o Vikingland, de Xurxo Chirro, el diálogo definitivo se establece entre el mar y la cineasta, que de manera muy consciente convierte lo infinito en abastable: tanto el movimiento de la cámara como la banda sonora (llena de ruidos sintéticos) ponen de manifiesto la presencia humana, que se materializa de manera más evidente en los planos-insertos de una mujer que habita en soledad una embarcación (en los títulos de crédito descubrimos que el barco de llama Cronos).

A través de la dialéctica calma/agitación que se establece por el contraste entre la quietud de los planos habitados por las mujeres y el movimiento constante del oleaje, Drift explora otros choques conceptuales pertenecientes al orden de lo metafísico: armonía/turbulencia, estabilidad/inestabilidad, presencia/ausencia. Una dimensión abstracta que proyecta la película de lo sensorial a lo existencial. Aunque no debe perderse de vista que Drift es ante todo una aventura perceptiva, en la que una playa entrecruzada por unos hilos de corriente marina puede devenir la inesperada fusión de los instintos pictóricos de Rothko y Pollock: la abstracción y la acción. Una aventura para los sentidos que nos acerca a los misterios de la relación entre el mundo natural y la percepción humana, filtrada por el aura mágica, casi mística, del registro cinematográfico.