Dolittle

Crítica de Alejandro Franco - Arlequin

El personaje del Doctor Dolittle es uno que viene cascoteado. Desde su aparición en 1920 – en una serie de libros escritos por el inglés Hugh Lofting – Hollywood ha quedado prendado con el carácter y ha intentado llevarlo al cine. La adaptación mas recordada es la de 1967 con Rex Harrison, la cual fue un fracaso – plagada de canciones sosas en un momento en que los musicales iban en retirada, amén de costos astronómicos de producción los que pusieron en serios aprietos a la Fox, el estudio que la financiaba -. Después Eddie Murphy tomó el personaje, lo aggiornó y lo adaptó para una serie de desabridas comedias baratas producidas entre 1998 y 2009, las últimas de las cuales Murphy brillaba por su ausencia (y figuraba su hija como protagonista, heredando su don de hablar con los animales). Y ahora llega este proyecto de vanidad de Robert Downey Jr. & Sra, el cual se hundió en la taquilla sin recuperar los 175 millones de dólares que costó.

Es posible que Dolittle 2020 no sea el esperpento que todos digan – la crítica yanqui es muy amoral en tal sentido y, si huelen sangre (o, en este caso, dos años de rodajes adicionales y retrasos hasta ser estrenada en la zona de la muerte que representan los meses de Enero y Febrero para la taquilla estadounidense, y que es donde los estudios se deshacen de los filmes que estiman que son un fracaso irrecuperable), se le van al humo como si fueran un cardumen de tiburones, despedazando el filme muchas veces sin siquiera verlo (o simplemente repitiendo y exagerando las criticas de otros criticos) -, pero tampoco es una película memorable. Comparte características con muchos flops de los últimos veinte años – es demasiado extravagante, tiene demasiados efectos especiales, demasiados chistes fallidos y demasiada comedia slapstick -, pero se deja ver. En todo caso es una costosa película infantil que tiene muy poco para ofrecer para los adultos mas allá de la simpleza de su humor e historia.

El tipo responsable de esto es Stephen Gaghan, el que escribió Traffic y Syriana (y en el último caso, también dirigió), al cual todos apedrearon porque no lo consideran un director de comedia y/o fantasía. El timing de Gaghan no es malo; el problema es que la historia está sobreinflada. En apuestas como ésta quizás hubiera sido mejor una producción animada que quizás hubiera costado la mitad y hubiera tenido un rendimiento pasable en taquilla. Pero acá hay palacios monumentales, criaturas gigantescas, escenarios exóticos, un elenco multitudinario y pasan tantas cosas en pantalla que termina por saturar. Es en el segundo acto en donde Dolittle encuentra sus pies y reduce un poco el exceso para contar su historia. En especial el seguimiento de los pasos de la esposa de Dolittle – fallecida en una aventura marina -, cuya bitácora puede llevar al doctor de marras a encontrar un fruto rarísimo para salvar a su mentora, la reina de Inglaterra, la cual agoniza. Pero también es un viaje sentimental para el doctor, el momento de cerrar heridas y clausurar su luto, en especial tras un bravo encuentro con su irascible suegro (Antonio Banderas, siempre destilando clase en el rol que sea).

Es un filme amable. Quizás Downey Jr. no sea el mejor candidato a Dollitle (su acento galés es tan raro que suena como si tuviera canicas en la boca; hay demasiada comedia física como si hubiera vuelto a sus días de Chaplin), y quizás un tipo sólido y mas sereno (como Michael Sheen, que acá hace de su rival) hubiera estado mejor en el rol. Claro, Sheen no tiene el encanto taquillero de Downey Jr ni el atractivo para las masas estadounidenses que hace a una buena recaudación en suelo norteamericano, pero eso tampoco le alcanzó a Dolittle para llegar a la meta. Comparen toda la payasesca excentricidad de Downey Jr. con la sutil extravagancia de Rex Harrison – un actor diametralmente opuesto a Downey Jr – y verán qué era lo que el rol requería.

También es cierto que el filme se mete en sus propias trampas, y parte de esto tiene que ver con la gente convocada para rodajes adicionales cuando los primeros tests de audiencia fracasaron. Uno puede ver la mano de Seth Rogen (!) (¿en serio?¿quién llamó a este tipo?) en los chistes sobre gases y en el atroz final donde Dolittle debe sacarle un bolo fecal (siii!; así como lo leen!) a un dragón, compuesto por todos los cascos y armaduras de los soldados que se devoró. Por otra parte el diálogo se salta la prosa isabelina y entra en unos anacronismos chocantes (animales saludándose como “hermano!” y chocando los cinco; ratones tomando leche de sus cocos en sorbete; bichos haciendo comentarios sicologicos que parecen salidos de una mala comedia contemporánea) que no van con el entorno histórico que pretende vender.

Dolittle es una bolsa de gatos pero se deja ver. Si un mayor respeto por la naturaleza del personaje hubiera derivado en un filme mejor y mas popular, no lo sé. Es posible de que haya personajes cuya naturaleza es demasiado ingenua para el público de hoy y que resulte imposible adaptarlos sin hacer un estropicio. Quizás el doctor Dolittle sea uno de ellos y sea hora de dejarlo dormir en la estantería de la biblioteca donde reside tranquilo y sin que nadie le falte el respeto.