Dogman

Crítica de Carolina Taffoni - La Capital

Aunque llega a pocas salas y con pocos horarios, el estreno de "Dogman" en Rosario es para celebrar. La última película del director y guionista Matteo Garrone ("Gomorra", "El embalsamador", "Reality") expone lo mejor del cine italiano actual. Es un cine intenso y áspero, que jamás deja indiferente al espectador. Esta vez Garrone regresa a las costas del sur de Italia, a un pueblo abandonado por Dios. Ahí vive Marcello (Marcello Fonte, premio al mejor actor en el Festival de Cannes), un peluquero de perros sumiso y trabajador que mantiene una doble vida: por un lado ama a los perros y a su pequeña hija, y por otro vende cocaína al menudeo y es amigo de un ex boxeador violento, bestial y adicto. La historia se tensa en la peligrosa relación entre estos dos personajes, donde prima la ley del más fuerte como principio natural de un mundo no civilizado. Es que "Dogman" no habla de la amistad, ni la lealtad ni los códigos mafiosos. Habla de un lugar sin ley escrita, un paisaje que muchas veces recuerda al western. El miedo, la desesperación, las ganas de revancha y la violencia explícita o latente se sienten a través de la pantalla, y los pocos momentos de ternura son absolutamente luminosos en ese contexto. Uno imagina varios finales posibles para esta historia, pero Garrone no elige caminos obvios ni moralizantes para el final. Su visión desesperanzada se condensa en las últimas escenas, donde la venganza ya no alcanza y la redención es imposible.