Días de pesca

Crítica de Diego Lerer - Otros Cines

Volver a empezar

Al no haber visto La ventana ni El gato desaparece, retomar el cine de Carlos Sorín con Días de pesca es, para mí, como no haber abandonado nunca la línea que arrancó con Historias mínimas (2002, su regreso al cine después de 13 años) y siguió con El perro (2004) y El camino de San Diego (2006). Es que Días de pesca, la película que tuvo su premiere mundial en el Festival de Toronto y se presentó luego en la Competencia Oficial del Festival de San Sebastián, se suma en forma y espíritu a ese tipo de cine que caracterizó el retorno de Sorín tras la problemática y genial Eterna sonrisa de New Jersey: historias pequeñas, road movies casi sin actores profesionales, la Patagonia como escenario (de todas ellas menos El camino de San Diego y personajes que parecen perdidos en la vida.

En algún punto, el protagonista que encarna Alejandro Awada aquí podría ser un pariente cercano del que hacía Javier Lombardo en Historias mínimas. Awada es Marco, un hombre que viaja a Puerto Deseado con el objetivo de reencontrarse con su hija, Ana, que vive allí desde hace tiempo y hace mucho que no ve, y a la vez aprovechar la temporada de pesca de tiburones para probar suerte.

A lo largo del viaje se cruzará con una serie de personas -un entrenador y su pupila, una boxeadora que va a Puerto Deseado a combatir con una pugilista boliviana; un grupo de turistas colombianos- además de entablar una relación un poco más cercana con el hombre que lo llevará a la riesgosa pesca en cuestión. Finalmente, su objetivo es volver a ver a su hija con quien, aparentemente, han tenido una difícil relación en el pasado y dejaron no sólo de verse, sino que ni siquiera conoce muy bien su paradero.

Sin haber visto las anteriores dos películas, da la impresión de que Sorín quiso regresar a un territorio que le gusta y en el que se siente cómodo. Lo cierto es que El camino de San Diego parecía marcar un límite, una suerte de repetición y exageración de ese universo “soriniano”. Lo mejor que tiene esta película -pequeña, amable, tierna por momentos- es que escapa a ese “engolosinamiento” para volver a la idea más mínima de la “historia mínima”, esa construcción narrativa sostenida por un eje, pero construida con permanentes pasos al costado y corrimientos laterales.

Awada es, por lo general, el rostro extrañamente sonriente (hay una mezcla de sorpresa, curiosidad y condescendencia en esa sonrisa que, se sabe de entrada, oculta un pasado alcohólico, más bien oscuro) que escucha historias y descubre personajes, de los cuales el entrenador de boxeo y su pupila son los más interesantes (el personaje “entrenador” es ya un clásico en la filmografía de Sorín). En esa relación y en la que establece con otro especialista (el cazatiburones) está lo mejor de la película que intenta contagiarnos la fascinación que Sorín parece desarrollar por este tipo de personajes curiosos con los que uno podría toparse en un viaje.

A mí, al menos, me resulta algo más convencional y predecible el “arco narrativo” de la relación con su hija y su yerno. Si bien el film lo maneja de manera sutil y discreta (con pocos elementos nos damos cuenta de que hay un pasado bastante denso ahí), las idas y vueltas de esa parte de la trama no logran transformarse en el eje central que, uno imagina, quiso convertirlo Sorín. Al contrario, dan más ganas de seguir conociendo a los otros secundarios, o volver a ver qué pasó con la muy particular pelea de box patagónico-boliviana.

Una escena, para mí, revela lo mejor del cine de Sorín (me refiero a lo que hace dentro de este tipo de formato alla Historias mínimas) y es el diálogo que mantiene con el cazatiburones, donde el hombre le explica las diferencias entre la pesca común a la que él está acostumbrado y ésta. Son escenas casi documentales, sin ningún tipo de ironía, en las que un personaje despliega su personal credo ante los espectadores. Es lo más parecido a un momento Moby Dick que tiene la película: la gran aventura de la caza de la ballena en un escenario despojado en el que todo parece tener un tono menor.

Tal vez sea las más mínimas de las “historias mínimas” de Sorín las que más me llegan o me interesan. Los momentos de dramaturgia más estructurada y la necesidad de invadir musicalmente la narración con un score que, otra vez, vuelve a ser excesivamente “grande” para lo que se cuenta y muestra (violines al por mayor) son los que me hacen tomar distancia y no implicarme en lo que sucede. Es ahí donde la manipulación se nota, se hace evidente. Entiendo que son elecciones que, seguramente, acercarán más al público que una narración completamente despojada y anecdótica, pero son también los que le hacen perder al film esa grandeza contemplativa, observacional, que podría tener. Donde se notan los hilos que atan, abrochan, conducen el relato más con pulso de guionista que con mirada de director.