Diamante

Crítica de Gaspar Zimerman - Clarín

Una experiencia sensorial

Es difícil lograr darle atributos poéticos a una película: a menudo, esos intentos pecan por pretenciosos y terminan hundidos en el fango del tedio o la cursilería.

Diamante resulta una agradable sorpresa porque consigue transmitir magia sin aburrir ni caer en subrayados edulcorados. Aquí no hay narración ni entrevistas: sólo un registro contemplativo de la vida de un chico de una zona rural de Entre Ríos, a orillas del Paraná.

A lo largo de tres años, Emiliano Grieco filmó retazos de la vida de Ezequiel, que va pasando de la infancia a la adolescencia delante de la cámara. El documental nos transporta a un mundo donde los seres humanos todavía conviven en armonía con la naturaleza. Todo tipo de animales se pasean por la humilde casa de la familia de Ezequiel: perros, gatos, lagartos, pollitos, patos. A él le gustaría ser pescador, como su padre, que le está enseñando los rudimentos del oficio, pero la mamá quiere que -a diferencia de ella- estudie, “para que llegue a ser alguien”.

En la vida cotidiana y cada una de las excursiones pesqueras de Ezequiel y su familia descubrimos un entorno semisalvaje que está en tensión con la modernidad. En una frontera difusa, se termina la gama de verdes y empieza la artificialidad de los plásticos; el sonido de la lluvia es tragado por el de la cumbia villera. Con una gran fotografía, Grieco capta esas luchas sordas y la belleza de pequeños detalles: una mora violeta sobre el suelo de tierra, moscas de colores atacando un tallo, la preparación de una torta de cumpleaños. Podría plantearse que hay una estetización o una idealización de la pobreza, pero cualquier objeción sucumbe si uno se deja llevar por esta experiencia sensorial.