Diamante

Crítica de Ezequiel Boetti - Página 12

A veces la imagen no alcanza para contar

La primera escena de Diamante es un plano secuencia en el que la cámara panea de izquierda a derecha la costa del Paraná, exhibiendo las vísperas de un amanecer furiosamente rojo. Corte y después el primer plano de los restos de una cama flotando sobre el agua, seguido de una serie de imágenes cerradas de la flora y fauna local. Hasta que finalmente aparece Ezequiel tomado de espaldas mientras camina por entre la frondosa arboleda y después hablando con su madre, quien le implora que estudie y deje la pesca para más adelante. El fragmento presagia las intenciones etnográficas y ecologistas de Diamante, a la vez que la capacidad observacional de su director, el paranaense Emiliano Grieco, para aprehender el tiempo cansino de las rutinas de los lugareños, la convivencia armónica con la naturaleza y la intromisión de la vida citadina. Lástima que aquel instante sea precisamente eso, un momento efímero al cual le seguirá una serie de imágenes de tónica similar que no terminan de amalgamarse en un todo sólido, digno de aquel comienzo revelador.

Filmada en el municipio homónimo de Entre Ríos, ubicado en la orilla oriental del Paraná, y estrenada en la Competencia Argentina del último Festival de Mar del Plata, Diamante acompaña a Ezequiel (11 años al inicio del rodaje, 14 al final) mostrando su relación con el entorno familiar y social y su iniciación en el oficio de pescador, todo mediante una cámara no intrusiva del devenir de la acción. Como Iván Fund, Grieco se mueve con naturalismo por un entorno ajeno con la suficiente sabiduría para detectar el pulso de las situaciones, el peso de los silencios y la preponderancia del gesto por sobre lo verbal. Pero si el director de Me perdí hace una semana y AB lo hacía dándole a las situaciones el tiempo justo y necesario para develar progresivamente la encrucijada a la que se enfrenta cada uno de los personajes y permitiendo que los relatos se ramifiquen sin forzamientos, aquí llegará un momento en el que imágenes dejarán de lado la búsqueda poética para ir a otra más unívoca y vaciada de dobles interpretaciones, desplazando la carga humanista del relato a un lugar de menor envergadura. La depredación de las especies y la polución de las ciudades cercanas ilustradas con reiterados primeros planos, en su mayoría breves, de peces serpenteando entre las aguas contaminadas muestran que el realizador tenía en claro qué quería decir, pero también que nunca logra encontrar la forma adecuada de hacerlo.