Destrucción

Crítica de Rodrigo Seijas - Fancinema

REMARCACIONES

Ya Nicole Kidman se había transformado la cara hasta extremos absurdos con el obvio objetivo de llevarse un Oscar en Las horas, y lo peor es que le había salido muy bien, porque efectivamente terminó ganándolo. En Destrucción redobla la apuesta, interpretando a Erin Bell, una detective de la policía que a partir de la investigación de un homicidio retoma contacto con un caso donde se desempeñó como oficial encubierta. Todo salió mal en ese caso, el pasado atormenta a la protagonista, que ya no puede relacionarse armoniosamente con nadie –lo cual incluye a su propia hija- y la búsqueda obsesiva del criminal que arruinó su vida será una especie de descenso casi definitivo al peor de los infiernos. Allá irán también Kidman y la película, como para que al espectador no le queden dudas.

Es que no está mal comprometerse con un personaje y su historia, pero una cosa es el compromiso, el aceptar (lo cual no significa avalar) incluso sus peores defectos, y otra es montar una especie de maratón de miserabilismo. Lamentablemente hay mucho de eso en Destrucción, que hasta se da el lujo de mostrar a esa policía que es Erin, en la lona física y mentalmente, aceptando masturbar a un ex preso, postrado en una cama por una enfermedad terminal, para obtener información. Esa secuencia, gratuita y extensa, funciona como un resumen de todos los males que aquejan a la película de Karyn Kusama, que parece que nunca aprendió lo que significa el pudor.

Cuando nos referimos al pudor, no estamos hablando simplemente de no mostrar determinadas cosas que pueden resultar un tanto chocantes, sino a saber cuándo queda claro algo y cuando ya se entra en la pura remarcación hasta extremos contraproducentes. Destrucción se la pasa recalcando lo jodida que está su protagonista, el mundo de mierda que la rodea, lo mal que está su situación familiar, cuánto extraña al hombre que amó y perdió, su incapacidad para comunicarse con sus afectos, el desprecio e incomodidad que genera en sus propios colegas y un largo etcétera. Y es llamativo cómo eso conspira contra lo que podría ser un policial oscuro pero dinámico y tenso; o un drama íntimo donde la admisión de ciertas verdades podría representar un camino posible rumbo a la redención.

En Destrucción hay una constante tensión precisamente entre el policial y el drama personal, entre la violencia del ámbito criminal y los comportamientos autodestructivos de la protagonista, lo cual es resuelto a medias incluso por la propia Kidman, que se pasa de rosca en la veta dramática –aunque tiene un par de escenas donde destila mayor sinceridad, principalmente cuando comparte pantalla con Sebastian Stan- y no llega a tener suficiente presencia como agente de la ley venida a menos. Pero donde se ven las mayores indecisiones es en la narración, que apela a idas y vueltas temporales que llegan a una importante cumbre de arbitrariedad en la vuelta de tuerca del final, que se pretende un tanto reparadora para la protagonista y en realidad no solo es arbitraria, sino un tanto inmoral. Encima, allí la película entra en nuevas remarcaciones, pero desde la veta poética. Destrucción es, efectivamente, un compendio de remarcaciones, que igual cumplen su cometido, ya que a Kidman le llegan nuevos (y exagerados) reconocimientos a una actuación que se pretende comprometida, aunque en verdad es facilista.