Cruella

Crítica de Diego Batlle - Otros Cines

Una duración de nada menos que 134 minutos (con escena incluida entre los créditos finales), una calificación que no es apta para todo público sino para mayores de 13 años, una imponente banda de sonido que incluye éxitos de los '60 y los '70 de Nina Simone, Blondie, Bee Gees, Electric Light Orchestra, The Doors, Ike & Tina Turner, The Stooges, The Clash, Queen, Deep Purple, Doris Day y Nancy Sinatra, más dos temas que no están en el soundtrack oficial pero sí suenan en la película como Time of the Season, de The Zombies; y Sympathy for the Devil, de los Rolling Stones, y una canción nueva de Florence & the Machine; personajes abiertamente gays y otros travestidos... Para ser una película live-action de Disney Cruella es bastante audaz y exigente. Características que seguramente celebrarán algunos cinéfilos más curtidos y padecerá el público familiar más familiarizado con narraciones más clásicas y concisas.

Con algo de El diablo viste a la moda (The Devil Wears Prada) y bastantes elementos en común con Guasón (una precuela en la que conocemos cómo se “construye” un/a malvado/a), Cruella resulta una versión mucho más oscura que sus predecesoras tanto animadas (1961) como con actores (1996) y funciona como preámbulo a las historias de La noche de las narices frías / 101 dálmatas.

El prolífico y en general eficaz director australiano Craig Gillespie (Lars y la chica real, Noche de miedo, Un golpe de talento, Horas contadas, Yo soy Tonya) dedica la primera parte a narrar la historia de la pequeña Estella, de cómo queda huérfana y se convierte en ladrona de la mano de dos chicos llamados Jasper y Horace en la Londres de los años '60.

La transición hacia los '70 no es particularmente inspirada, pero a los pocos minutos Estella tendrá el look de Emma Stone, siempre acompañada por el flaco Jasper (Joel Fry) y el regordete Horace (Paul Walter Hauser, protagonista de El caso de Richard Jewell). El sueño de nuestra (anti)heroína es dedicarse a la moda y empieza a trabajar en el lugar más cool de Londres, pero... lavando los baños. Hasta que un día aparece por allí la Baronesa (otra Emma, en este caso Thompson) y le ofrece empleo como diseñadora de alta costura en su taller en el West End londinense.

La Baronesa es la malvada perfecta (narcisista, insufrible, despótica, arrogante, presuntuosa, irritante, egocéntrica) y Estella se convertirá primero en su asistenta y creativa perfecta; y luego en su antagonista, su némesis. Es que Cruella es una historia de venganza, con una huérfana devenida en villana con ínfulas, y el enfrentamiento despiadado entre dos mujeres unidas por el talento, los celos, la hipercompetitividad y unos cuantos secretos que evitaremos spoilear.

Aunque innecesariamente extendida (Gillespie parece estar contando una nuenva película del MCU de Marvel antes que una historia del sello Disney), Cruella tiene más escenas logradas que de las otras: hay un McGuffin (un collar) para una subtrama de robos; humor físico en una escena que remite a La fiesta inolvidable, de Blake Edwards; y unos duelos de miradas penetrantes y diálogos que se disparan como dagas entre las dos Emmas.

Pero más allá de las psicópatas a-la-Guasón o del imponente despliegue visual (el vestuario es extraordinario) y sonoro con la apuntada selección musical, lo que seguramente generará mayor despliegue mediático es la presencia de Artie (John McCrea ), un personaje gay con cierto look andrógino propio de alguna de las tantas etapas de David Bowie, que se convierte en ladero de Estella / Cruella. Los tiempos cambian y Disney (alguna vez el estudio más conservador de Hollywood) se adapta a esta época de aperturas y diversidades.