Cristiada

Crítica de Juan Samaja - CineFreaks

Exceso de solemnidad y maniqueísmo histórico

El film (inspirado en el riguroso estudio La Cristiada de Jean Meyer) pretende hacer una reconstrucción de los principales episodios de conflicto entre el Estado Revolucionario de 1917 y la Iglesia Católica. Dicho conflicto se recrudece en el momento en que el presidente Calles expulsa a los sacerdotes extranjeros de las parroquias mexicanas, imponiendo un régimen violentamente anticlerical. Como forma de reacción la Iglesia reacciona suspendiendo todos los servicios religiosos, lo que da inicio a las principales revueltas de creyentes fanáticos que se hacen llamar soldados de Cristo Rey, y que luego serán rebautizados por el gobierno como “cristeros”.

El film tiene dos grandes falencias que -a mi juicio- llevan al fracaso el loable intento de recrear los episodios posteriores a la revolución mexicana de 1917. El primero es que peca en exceso de una solemnidad grandilocuente que se torna insoportable luego de los primeros veinte minutos. El relato, en este sentido, carece de matices narrativos; todas las imágenes todo el tiempo pretenden ser grandiosamente épicas, conmovedoras. Hay una escena en el film en la que el general Gorostieta arenga a la tropa para envalentonarla antes de la partida; la retórica del film parece ser una prolongación caricaturizada de esa escena. Hay, en efecto, grandes despliegues escénicos, y escenas de gran impacto emocional, pero cuando todas las escenas pretenden ser igualmente impactantes (cada frase pretende ser notable, cada imagen un recuerdo imborrable), entonces el impacto final del relato se debilita.

La segunda falencia es la estructura maniqueísta del universo diegético: por un lado los cristeros, todos buenos, honestos, puros de corazón y de gran lealtad (algunos más propensos a la violencia que otros); por el otro lado, el horror, la estupidez, la barbarie genocida y dictatorial del presidente y su séquito de asesinos, torturadores y violadores. El nivel de diferenciación es tan absoluto que el relato, más que una reconstrucción histórica u objetiva, deviene en un panfleto mediocre e inverosímil. Un buen ejemplo de esto es el tratamiento de los personajes: Gorostieta se nos presenta como un hombre de honor, lealtad, pero que manifiesta ciertas ambigüedades respecto de su participación en la gesta por no compartir completamente ciertos ideales cristianos que considera obsoletos (es un hombre racionalista hijo de la modernidad). Incluso el sacerdote guerrillero tiene sus momentos de ambigüedad en donde debe armonizar su deseo de venganza por las atrocidades que Calles está cometiendo contra los pobladores indefensos y su condición de hombre de Dios. Sin embarbo, esta humanización positiva de los personajes no ha contado con un tratamiento simétrico para los personajes del presidente o de sus soldados. El presidente, como los soldados que le acompañan, son presentados unilateralmente y caracterizados por su inhumanidad, su barbarie, arbitrariedad y estupidez.

Lo notable de todo ello es que si se revisa la historia de estos episodios (contada por el propio Meyer) nos encontramos no sólo con que Calles fue un hombre profundamente contradictorio, polifacético que fue profundamente afectado por los ideales de la modernidad europea (Racionalismo, Laicicismo, Nacionalismo). Por otro lado, el desconocimiento absoluto del rol al menos problemático que el Clero Católico ha desempeñado casi siempre en los contextos revolucionarios de los pueblos americanos (baste recordar el papel que asumió en nuestra dictadura en la Argentina) torna tan inverosímil la imagen de los actores, que éstos terminan quedando reducidos a una especie de estampita.