Corpus Christi

Crítica de Leandro Porcelli - Cinéfilo Serial

Si llevar un buen matrimonio es como comer una naranja, o un ogro es como una cebolla, entonces tranquilamente ir al cine puede ser como ir a misa. En este caso repetimos este usual sentimiento cinéfilo no para enaltecer la experiencia cinematográfica, sino más bien para apuntar a que ambas ceremonias (ocurra en una la sala de cine o en una iglesia) tienen un objetivo en común: enmarcar con solemne importancia algo tan intrascendente como lo humano. Sea un hombre repartiendo pan y vino, o un relato audiovisual polaco sobre el concepto de justicia.

Corpus Christi es una celebración cristiana que apunta a «proclamar y aumentar la fe» celebrando la Eucaristia, o el imbuir elementos ordinarios como pan o vino de significado representando al cuerpo y sangre de Jesús. Mucha religión junta sí, pero a eso apunta la película. El lugar del pan y vino lo va a ocupar un joven ex convicto que terminará pretendiendo, no ser sangre de carpintero, pero sí un sacerdote perfecto para la iglesia vacante de un pequeño pueblo polaco. Quizás su mayor fortaleza es ser una historia que se aleja casi en todo momento de la película que ya se arma en nuestra cabeza cuando escuchamos su premisa. Su protagonista va aprendiendo a vivir en su nuevo rol, cuidando de que nadie lo descubra y al mismo tiempo intentando cumplir su sueño de la mejor manera entre el peligroso pasado que lo persigue en un pueblo simpático pero con cicatrices.

A pesar de estar repleta de elementos de la fe cristiana, es más un visor por el que la película aprovecha para lidiar con distintas temáticas mucho más «acá» que la religión en sí misma. Sería complicado que no lo vean desde ese lugar en Polonia, siendo un país tan extremadamente católico y tradicional. Es en ese molde cultural donde surge este valioso relato acerca del perdón, la redención y la injusticia. El protagonista no podía ingresar verdaderamente al sacerdocio por su condición de ex convicto (a pesar de ser una religión que gira en torno al perdón), tal y como el cristianismo le exige a sus sacerdotes el celibato a pesar de que el origen de su religión nace del hecho de que su Dios tuvo un hijo. La cinta señala directa o indirectamente varias de estas discrepancias que surgen no sólo en la religión que tan rigurosamente marca todavía el camino de Polonia sino también esa perspectiva tradicional que los limita como resultado.

No utiliza el humor explícito, aunque sí denota con guiños que siempre sabe de lo que está hablando, y a pesar de tratar con seriedad los dramas de sus personajes nunca pisa el terreno melodramático que uno podría temer por su nominación como Mejor Película Extranjera en los Oscars. Aunque sí podemos concluir por su paso por los festivales de Venecia y Toronto que es un drama bastante maduro en su sentimentalismo. Los grandes eventos que marcaron a fuego la vida de sus personajes ya se encuentran en el pasado, y es el duro trabajo de procesarlos (intencionalmente o no) lo que va a ocupar el groso de acción en pantalla. Es a grandes rasgos una película sobre accidentes, víctimas y sociedades que desesperadamente necesitan culpables, sin importar el precio que terminen pagando los elegidos.

Los reflectores se los lleva con justicia la excelente actuación de Bartosz Bielenia en el papel protagónico, interpretando a un joven caótico, confundido y tan débil o feroz como un perro callejero. Aunque es imposible no destacar principalmente la labor del director Jan Komasa y el guionista Mateusz Pacewicz, que crean dos mundos tan interesantes de forma muy efectiva tanto en ese reformatorio juvenil en el que tan poco tiempo pasamos como en el pueblito que sirve como escenario principal de la trama. Cada historia de sus personajes refuerza y complementa tanto la del protagonista como la de los demás, acercándonos de a poco a las conversaciones que la película busca generar cuando dejemos la butaca.

Es un film entretenido y emocionante sin recurrir necesariamente a carcajadas ni llantos. A simple vista puede parecer que carece un poco de esa cualidad pochoclera que pedimos tanto a la hora de justificar una travesía al cine, pero definitivamente es un excelente rato que vale la pena para cualquiera. Seas religioso, ateo, estés actualmente en un reformatorio o especialmente si encontraste esta reseña googleando «cómo fingir ser cura».

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