Corpus Christi

Crítica de Ezequiel Boetti - Otros Cines

La vida no es no es nada fácil para Daniel en el reformatorio donde cumple una condena por un crimen cometido años atrás. Nominada al Oscar a Mejor Película Internacional en la edición pasada, Corpus Christi arranca con un brutal plano secuencia –toda una especialidad del cine europeo con pretensiones– que muestra cómo se arreglan las cosas allí entre los jóvenes: a los golpes, con humillaciones tortuosas a espaldas de los guardias. Daniel participa con la complicidad de su silencio, acumulando una rabia que canaliza durante las particulares ceremonias religiosas que propone el párroco del reformatorio.

Daniel se siente atraído por el universo católico, tanto como para insistirle al cura por un lugar en un seminario, algo imposible dada la huella en el prontuario que significa su encarcelamiento. Son las vísperas de su salida en libertad condicional, y como único horizonte asoma un trabajo en una maderera ubicada en un pueblo en la otra punta del país. Un pueblo atravesado por una tragedia reciente que dejó como saldo la muerte de varios jóvenes del lugar.

Como el párroco local está a la espera de un reemplazo temporal, apenas se asome a la iglesia y le diga a una jovencita que es un cura, Daniel termina haciéndose cargo de las misas y las confesiones. Poco importa que no tengo idea de cómo son los rituales. Lo suyo es un particular método de expiación casi perfomático que incluye gritos y lágrimas. Lentamente irá removiendo las heridas sin cicatrizar de aquel accidente, alterando la aparente tranquilidad de una comunidad que, como le dicen en un momento, intenta salir adelante.

La película de Jan Kamasa (el mismo de Hater, estrenada en Netflix el año pasado) es inicialmente tanto o más enigmática que su protagonista (eléctrica interpretación de Bartosz Bielenia). Un relato seco y distanciado, de observación vaciada de emociones, centrado en cómo Daniel va permeando la dinámica colectiva del pueblo, con sus habitantes cargando cruces más pesadas que la del propio Daniel. Una cruz que para él que, con la forma de un hombre vinculado con su pasado que regresa, se hace más insoportable que nunca, poniendo en peligro su nueva vida.

Hay dos mitades muy claras dentro de Corpus Christi Una trata sobre la fe, el perdón y el peso de la culpa en un hombre que vive cuestionándose y pregona la puesta en duda por el sentido la existencia, en línea con las muy buenas Calvario y First Refomed. A medida que las secuelas del accidente vayan cobrando protagonismo, el relato vira hacia el policial y la sensación de encierro de Daniel ante las presiones del alcalde para que deje las cosas como están.

La película, en sus mejores momentos, es una apasionante reflexión sobre la dualidad, sobre las tensiones entre odio y compasión, entre penitencia y redención. No le hubiera venido mal a Corpus Christi una mayor capacidad de concentración, una voluntad férrea de mantenerse en el lugar de ambigüedad filosófica, algo que deja de lado cuando abrace los tópicos de los policiales y de las situaciones con resonancias sociales.

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