Cloud Atlas: La red invisible

Crítica de Ezequiel Boetti - Página 12

Tres realizadores para seis historias

Podría haber sido un pastiche grandilocuente y, sin embargo, funciona: con un presupuesto de cien millones y al comando de un elenco igualmente ambicioso, el trío de directores consigue articular varios niveles y estilos de relato de modo coherente.

Desde los seminales Lumière hasta los Dardenne o los recientemente renacidos Taviani, el cine ha sabido bastante acerca de dos directores, generalmente vinculados por la sangre, que conjugan sus miradas en una única historia. Muchísimo menos habitual es encontrarse con películas que hacen de su realización una actividad tricéfala. En ese sentido, el rol compartido entre el alemán Tom Tykwer y los hermanos Lana (ex Larry: ahora es transexual) y Andy Wachowski convierten a Cloud Atlas: la red invisible en una auténtica rareza. Y no sólo por ser una de las producciones independientes más caras de la historia, con un presupuesto de cien millones de dólares provenientes de un puñado de inversores alemanes e incluso de los bolsillos de los cineastas, sino porque es imposible imaginarse una película formal, técnica, artística e ideológicamente desmesurada como ésta manejada por menos de seis manos.

El jugueteo temporal y metafísico propuesto por los creadores de la trilogía Matrix junto al director de Corre, Lola, corre se balancea durante casi tres horas en el abismo de panfleto teológico-mítico-new age. Por si fuera poco, el film tiene a medio star system hollywoodense (Tom Hanks, Susan Sarandon, Halle Berry, Hugh Grant, etcétera) con kilos de maquillaje alternando papeles en diversas geografías, autosirviéndose en bandeja para un potencial escarnio crítico. Escarnio que, al menos en este caso, no será tal. El trío no sólo decide quedarse en tierra firme gracias a su profunda devoción en lo que cuenta y en los resquicios de su andamiaje, saciando así el habitual pecado de la ambición con una película a la altura de sus propias circunstancias.

Ya el planteo argumental muestra que los directores no se anduvieron con chiquitas a la hora de pensar una historia. ¿Se dijo una? Perdón, seis. Articulada como una de esas coproducciones corales en la que todo está vinculado con todo, pero sin la tendencia al miserabilismo biempensante de los Iñárritus o Meirelles, Cloud Atlas entrelaza una serie de sucesos que abarcan desde el siglo XIX hasta una poscivilización moderna. Allí están, entonces, un notario estadounidense regresando a sus pagos californianos durante el siglo antepasado, un compositor homosexual dispuesto a dejarlo todo por su vocación en plena época de entreguerras, una periodista pugnando por destapar una red mafiosa en los ’70 y un grupo de ancianos que planea la fuga de su geriátrico, en lo que es la única historia ambientada en la actualidad. El puzzle se completa con los distópicos Nuevo Seúl de 2144 y el inicio de una nueva civilización después de un hecho que allí se denomina La Caída.

El gran acierto del film es la diversificación de tonos y estilos según las formas habituales del cine para cada tipo de historia. Tanto así que el mundo en pantalla parece erigirse sobre los cimientos no de uno real, sino sobre otro puramente imaginado: si el cine, como todas las artes, es un espejo que refracta las circunstancias de una coyuntura mundana, Cloud Atlas operaría como el reflejo de ese reflejo. Así se entiende que el romance del compositor con otro hombre esté atravesado por la pompa casi litúrgica con la que el cine suele mirar las historias de amores contrariados, que los ’70 sean pura intriga, paranoia y sequedad, o que los ancianos tengan esa simpatía y liviandad tan british de las comedias de la tercera edad.

Pero no sólo de la pantalla grande beben Tykwer + Wachowski. En tiempos en los que la televisión marca el amperímetro de la industria audiovisual, el último y más interesante par de historias remite casi enteramente a las series de ciencia ficción modernas. Como en la inglesa Black Mirror, la Juana de Arco oriental que pugna por liberarse de la opresión de un sistema orwelliano marca las paradojas de la tecnologización de la cotidianidad desde un futuro no del todo lejano. A su vez, la historia del renacimiento de la civilización se apropia de la fenomenología retro-futurista y el convencimiento por el verosímil absoluto de lo que se está contando propio del mejor J. J. Abrams. Parecido que incluye una voracidad narrativa constructora de un mundo que da la sensación de ser infinito y por momentos inexplicable incluso para su creador. En ese sentido, Cloud Atlas es una película eminentemente pos Lost (con su Wiki incluida: ver http://clouda tlas.wikia.com). Con todo lo bueno y lo malo que eso implica, porque, tal como ocurría con los isleños, el desenlace se resuelve a los ponchazos y subrayando, cual Christopher Nolan en El origen, los mecanismos principales de todo el dispositivo. Riesgos de hacer una película más grande que el cine mismo.