Chéri

Crítica de Pablo E. Arahuete - CineFreaks

Las edades del amor

Pasaron más de 20 años de la unión cinematográfica entre el director Stephen Frears y la actriz Michelle Pfeiffer en la recordada Relaciones peligrosas (1988). Más de 20 años también son los que separan a Lea de Lonval (Pfeiffer) con el joven Cherí (Rupert Friend), hijo de Madame Pelaux (Katy Bates), para quien Lea siempre ha sido rival en la vida y en los negocios de las cortesanas, donde la protagonista mantiene gran ventaja frente a su oponente que con el tiempo no sólo perdió la figura sino también la compostura dentro de la alta burguesía parisina.

Ese es el contexto, más precisamente los albores de la Belle Epoque -periodo histórico que se remonta a principios del siglo antes de la irrupción de la Primera Guerra Mundial-, en el que el director de La reina desarrolla la trama de Cherí.

Frears explora la doble moral de la burguesía a partir de la idea de los matrimonios arreglados para introducir una genuina historia romántica entre una cortesana en retirada, la sensual Lea, y un joven hedonista e inexperto, quien llega a sus redes de seducción con el propósito de prepararse para un futuro matrimonio arreglado por su madre con la joven Edmée (Felicity Jones), de su mismo estatus.

Igual que en las Relaciones Peligrosas lo que aquí entra en juego (más allá del tórrido romance de 6 años entre una mujer madura y un jovenzuelo) es el frio juego manipulador en el que ambas cortesanas se miden, aunque luego se precipiten las emociones por el lado de Lea traicionándose a sí misma al volver a creer en el amor.

El guión de Christopher Hampton, basado en la novela de la escritora y periodista francesa Colette (famosa por su novela Gigi), utiliza el recurso de los diálogos para construir más acabadamente a sus personajes quitándoles la etiqueta del estereotipo -propio de aquellas épocas- donde los mayores aciertos se concentran en los caracteres femeninos, tanto del lado de la protagonista como de su antagonista, para quienes reserva diálogos filosos y sin desperdicio.

Por otro lado, la prolija reconstrucción de época y la fotografía merecen todos los elogios, sumándose una dirección impecable que logra amalgamar una propuesta estética atractiva con encuadres pictóricos que recuerdan a las obras de Monet; otros encuadres recargados de objetos y colores muy relacionados con el barroquismo que contrastan con la simpleza de los cuerpos a la hora de mostrarlos en la intimidad, despojados de todo maquillaje y pompa.

En ese sentido la transformación emocional que sufre Lea encuentra su paralelismo con el cambiante vestuario que porta durante el film y en el paulatino desprecio por lo artificioso de aquella vida sumida en la hipocresía y en la falsa idea de que el tiempo no pasa y que para el amor no hay edades imposibles.