Catorce

Crítica de Santiago Balestra - Alta Peli

En materia cine, cuando se trata de contar las pequeñas historias, las de nuestra intimidad, las que develan toda nuestra humanidad, resulta un gesto valiente (y de una gran confianza hacia el espectador) el sacarle toda hipérbole dramatizable y comunicar su tema con la más extrema sutileza. Catorce es una de esas historias.

Catorce: las aguas del tiempo que separan

En un principio, uno podría asumir que la narración puede tomarse mucho tiempo para establecer el quid de la cuestión, y que los personajes no están haciendo mucho salvo hablar y fumar. Sin embargo, esa estaticidad deja de serlo conforme recibimos mas información y conocemos a estos personajes in media res, como si fuésemos observadores parciales de la involución de su amistad.

Aunque la relación de amistad entre las dos protagonistas es el foco de la historia, también lo es el desafío que implican los problemas de salud mental que padece una de ellas. También es sobre las distintas parejas que tienen a lo largo del tiempo, al igual que cómo sus vivencias y madurez (o la ausencia de ella) afectan la estabilidad de las mismas.

El paso del tiempo y lo que hace con una relación es uno de los temas de Catorce. Es de destacar cómo las acciones de los personajes son las que determinan en qué momento de su historia estamos, más que un calendario en la pared o un recordatorio de los personajes en el dialogo. Es la misma madurez de los personajes la que vemos desfilar a lo largo de la hora de película.

Es una historia sobre cómo incluso las amistades más antiguas, más duraderas, pueden evaporarse con el pasar de los años; y no por una decisión consciente, sino por las distintas cosas que los involucrados buscan y las responsabilidades que asumen en ese periodo de tiempo. Sin embargo, los recuerdos quedan, y esos recuerdos pueden volverse bellos al extremo de ser un lindo cuento antes de dormir para sus hijos, o motivar un breve instante de culpa dejándolas pensar que pudieron haber hecho más de lo que hicieron por esa persona amada.

La sutileza en el guion cinematográfico de Catorce es complementada por una economía de planos en la puesta en escena, que si bien está al servicio de un trazo escénico bastante estático, queda en ella demostrada la enorme confianza que el realizador deposta en el rango expresivo de sus dos actrices principales.

Dichas actrices llevan el peso de la película sobre sus hombros, no tanto por la química de una amistad de varios años que ofrecen y hacen real, sino por la caracterización que emplea cada una por separado.

Tallie Medel entrega una interpretación muy contenida que refleja lo retraído de su personaje. Todos sus gestos están milimétricamente meditados. Como si esa mesura nos permitiera ver lo que piensa el personaje, más que lo que hace o dice.

Por otro lado, Norma Kuhling, quien interpreta a su alterada amiga, tampoco abandona la sutileza pero planteando una composición más inquieta, incluso explosiva; un lenguaje corporal que nos informa la inestabilidad de su personaje aunque diga que se encuentra bien.