Cartero

Crítica de Ezequiel Boetti - Página 12

"Cartero": un relato de iniciación

"Anotá esto, pibe, es muy importante", le avisa el veterano Sánchez a Sosa durante su primer día como repartidor postal en el Correo Nacional. Luego recita: "Un cartero es un laburante que patea la calle siempre. No importa si llueve, nieva o truena, el correo se entrega igual, por eso la gente nos quiere". En ese ambiente de sabiduría callejera, donde la práctica se impone por sobre la teoría, debe manejarse este chico durante el que probablemente sea su primer contacto directo con el mundo del trabajo. No le será nada fácil relacionarse con esos compañeros que tienen mil mañas encima y, para colmo, interpretan su contratación como una amenaza. ¿Qué puede tener de amenazante alguien recién salido del secundario y con pinta de ser más bueno que el pan? En principio, nada. Pero en Cartero, a diferencia de una porción importante del cine nacional, el contexto es un factor condicionante de las acciones.
Promedian los años '90 y, con las privatizaciones de empresas estatales avanzando a paso redoblado, Hernán Sosa (un Tomás Raimondi que con su caminar desgarbado y ojos redondos de sorpresa constante da perfecto con el physique du rôle) tranquilamente podría ser un buchón de ese nuevo gerente que, para sorpresa de todos, mecha un anglicismo cada cinco o seis palabras. Pero él sabe que está ahí de paso, que se trata de un trabajo ganapanes para hacer mientras estudia en la facultad, que lo laboral puede ser muchas cosas pero no un escenario estanco ni algo para quedarse "toda la vida". Primera diferencia imposible de saldar con sus colegas, todos ellos con décadas encima recorriendo los pasillos lúgubres y húmedos del correo y estableciendo varios "kiosquitos" paralelos al reparto de sobres. Los clientes preferenciales, los paquetes con contenido dudoso y los favores diarios son negocios con los que más vale que Sosa no se meta, tal como le advierte Sánchez (Germán de Silva).
La otra gran diferencia es la distancia para con ese contexto apremiante, de puestos laborales al filo del abismo. Sosa parece siempre ajeno a todo, incluso a los telegramas de despido que debe entregar, y prefiere dedicarse a disfrutar los pequeños placeres cotidianos del oficio, desde algunas propinas hasta cine y comida gratis. También a seguir solapadamente a esa conocida de su pueblo natal con la que se cruza durante uno de sus recorridos y que evidentemente le gusta, marcando así el carácter definitivo de relato de iniciación de la trama. Basada en las experiencias personales del director Emiliano Serra, cuyo primer trabajo fue como pasante repartiendo correspondencia de una AFJP, Cartero puede leerse como un complemento de Así habló el cambista, que seguía a un comprador y vendedor de divisas extranjeras durante los '70. Más allá de los diferentes tonos, formas y estilos, ambas proponen un viaje por un submundo en cuyos puntos oscuros radica buena parte de las explicaciones de la realidad económica y laboral de las últimas décadas.
Pero si en la película del uruguayo Federico Veiroj la búsqueda del lucro a como dé lugar ponía en aprietos al cambista del título, ubicando al espectador en un lugar incómodo y ambivalente, aquí se aborda la compleja relación entre lo público y lo privado de manera más tangencial, en tanto el punto de vista corresponde al de alguien que mira todo lo que hay a su alrededor con la fascinación de una primera vez. Hasta fichar o probarse el uniforme se vuelve una experiencia trascendental para él. El resultado es una rareza: una película luminosa e inocente, por momentos feliz -la escena de las puteadas a los sobres de concursos televisivos es un ejemplo- sobre un país al borde del estallido.