Carol

Crítica de Emiliano Fernández - A Sala Llena

Retórica del colapso.

Por supuesto que la objetividad no es uno de los horizontes de la actividad creativa y su apostolado, por lo menos en lo que respecta a esa interpretación científica vinculada a la imparcialidad formal y los procesos tendientes a garantizar un determinado criterio de verdad. Sin embargo, precisamente en este estado de cosas radica el mayor potencial del arte, en su disposición hacia el análisis subjetivo del tópico de turno y la puesta de manifiesto ulterior, léase las inquietudes y el enclave inconsciente del obrar humano. Ese componente caótico resulta fundamental en los llamados “retratos de época”, entre los cuales definitivamente el más valioso es el que hace explícita la peculiaridad de su mirada.

Dentro del rubro en cuestión, Carol (2015) de Todd Haynes a priori acumulaba muchas expectativas no sólo porque constituye el regreso del señor a la dirección luego de ocho largos años desde la extraordinaria I’m Not There (2007), sino también debido a que la realización funciona en términos prácticos como una “companion piece” de Lejos del Cielo (Far from Heaven, 2002), aquella obra maestra con Julianne Moore y Dennis Haysbert. La presente alcanza el umbral cualitativo de antaño y se aventura un paso más allá abriéndose camino como el último eslabón de una trilogía, que se completa con la primigenia Safe (1995), acerca del inicio de la crisis del matrimonio tradicional y la familia tipo americana.

Así las cosas, del colapso individual de Safe y los prejuicios raciales/ la hipocresía de Lejos del Cielo, llegamos al terreno del tabú lésbico mediante la relación a comienzos de los 50 entre Therese Belivet (Rooney Mara), una empleada de una tienda por departamentos, y Carol Aird (Cate Blanchett), una burguesa de buen pasar a las puertas del divorcio. El relato toma prestado el ardid fitzgeraldiano circa El Gran Gatsby para ofrecer un desarrollo escalonado en el que prima la ponderación de la protagonista del título a través de la óptica fascinada de su partenaire: aquí los ojos extasiados de Therese -es decir, la perspectiva y el sentir del espectador- van filtrando ese encanto sutil que envuelve a la esplendorosa Carol.

¿Podría algún otro realizador haber llevado a la pantalla grande la novela autobiográfica The Price of Salt de Patricia Highsmith? Difícilmente, porque el californiano es uno de los mayores talentos del cine queer de las últimas décadas, a la altura de iconoclastas como John Waters y Pedro Almodóvar. Una vez más los melodramas rosas de Douglas Sirk conforman un modelo estético/ conceptual ligeramente retorcido, en donde la pasión por las historias del corazón y la denuncia social se unifican con las particularidades del período, el preciosismo de la fotografía, la pose decadente de los hombres, las paradojas que plantean los vínculos y esa maravillosa destreza para penetrar en los misterios del acervo femenino.

Como corresponde a todo fatalismo romántico, la lógica de la insatisfacción y del saberse atrapado es la que controla el accionar de personajes obnubilados por terceros cuyo entorno comunal desconocen o no comprenden, por más que los sueños de anexión sobrevuelen en algún momento el cielo de la pareja. El destino de pobreza o riqueza no es producto del azar y responde a la configuración por estratos de un país que jerarquiza el comportamiento considerado “aceptable”, en especial a ojos de una minoría dominante. Carol y su retórica del sacrificio social son un oasis de aire fresco, una prueba irrefutable de que todavía es posible filmar desde una dimensión etérea y a la vez aferrada a las pugnas terrenales…