Camping

Crítica de Brenda Caletti - CineramaPlus+

TRANSICIONES ENREVESADAS

Un fin de semana acampando al aire libre parece el mejor plan para sacudir la rutina y afianzar los vínculos familiares. Sin embargo, ocurre todo lo contrario. El programa no sólo deja al descubierto los desfasajes íntimos y externos de los tres, sino que los potencia mediante el contraste con el resto de las personas focalizadas en el aquí y ahora; como si ellos fueran los únicos que se debaten entre ambas perspectivas y la tensión los dejara lánguidos, en pausa. De esta forma, la ópera prima de Luciana Bilotti trabaja con sutiles capas de sentido –muchas veces a través de lo no dicho, miradas y gestos– y con una doble resistencia temporal que arremete contra ese plan y en cómo se autoperciben.

Por un lado, la añoranza del pasado. Cada uno anhela con volver a ser y sentir de la misma manera. La primera señal aparece al inicio de Camping: fragmentos de filmaciones caseras de una madre con su beba, un vínculo primigenio y potente que queda registrado para volverse a ver, es decir, para permanecer. Cuando la niña aprende a hablar y se define a sí misma por su nombre, la película se actualiza. Estefanía tiene 12 años, es la pequeña de la familia, e invitó a una amiga al campamento. Ella se aburre repentinamente si la amiga le pregunta quién le gusta más, Matías o Francisco o se avergüenza si ésta saca la muñeca de la sirenita en presencia de un chico. Estefi no se reconoce en el cuerpo de una nena ni en el de una adolescente, así como tampoco se permite atraer a los chicos. Por eso se refugia en la infancia, un período en el que tenía certezas o seguridades sobre quién era y sus gustos. La amiga, por el contrario, transita ese pasaje más cómodamente, amalgamando rasgos de ambas etapas.

Por otro, la insatisfacción del presente. La desdicha se torna tan dominante que cada uno queda ensimismado en sus propios fantasmas e incertidumbres que se limita a expandirse, a disfrutar de las pequeñas cosas y a cambiar aquello que lo hace infeliz. Esta barrera también impide que puedan ponerlo en palabras, por lo que se reprimen. La pareja dejó de conocerse y optó por el silencio como compañero. Sara sonríe cuando ve a un padre jugar con los hijos en la pileta o después de que ese mismo hombre habla con ella. Pero no puede evitar llorar mientras se baña, para apañar el sollozo y confundir las lágrimas con las gotas de agua. Marcos se escapa a fumar a su bote y comparte escaso tiempo con la familia. En medio del ahogo, la herida en la espalda de la hija y la hielera funcionan como catalizadores para visibilizar, sin indirectas, aquello oculto. Una suerte de primera medida para despertarse del letargo, aprender a descubrirse sin miedo en el aquí y ahora y amalgamar, por fin, ambas temporalidades.

Por Brenda Caletti
@117Brenn