Bolishopping

Crítica de Ezequiel Boetti - Otros Cines

Esclavos modernos

Difícil hablar de cálculo, pero lo cierto es que un mes y medio después de que el tema de los talleres textiles clandestinos se instalara en la agenda mediática a raíz del incendio de uno de ellos y la muerte de dos niños, llega a la cartelera comercial una película centrada en los avatares de un grupo de inmigrantes bolivianos que busca “hacerse la Argentina” pasando sus días y sus noches sentado frente a una máquina de coser.

Filmada hace dos años, Bolishopping es, también, una de las últimas oportunidades de ver en pantalla grande a ese actorazo de inicio tardío y muerte prematura que fue Arturo Goetz. El protagonista de Derecho de familia, El asaltante y La sangre brota es aquí Marcos, un empresario solitario y de apariencia bondadosa que, sin embargo, esconde una faceta oscura, mercantilista y explotadora exhibida en su rutina diaria al mando de un taller textil ilegal.

Esa dualidad inicial y la tendencia de Marcos a disfrazar de beneficio cosas que no son se construyen mediante gestos y actitudes, mostrando a Pablo Stigliani como un director de pulso firme, seguro en el manejo de la cámara en mano y de la dosificación de información.

Hasta ese taller llega Luis, quien aspira a trabajar algunos meses con el objetivo de juntar dinero y después volver a su Bolivia natal. El asunto se complica cuando traiga a su mujer y, para sorpresa de Marcos, también a su hija. La relación entre empleador y empleado -o, mejor dicho, esclavista y esclavo- empieza a tensarse, hasta llegar a un punto de quiebre que aquí conviene no adelantar, pero que le terminará quitando potencia a un relato hasta entonces social, observacional y enigmático hasta convertirlo en un thriller tan convencional como efectivo.

Su presencia fantasmal en las salas permite augurar un fracaso comercial a un film que, con una difusión un poco más cuidada por parte de sus hacedores, hubiera dejado bastante tela para cortar.