Blancanieves y el cazador

Crítica de Ignacio Andrés Amarillo - El Litoral

Reconstruyendo la esencia del mito

Tomar un relato clásico y reversionarlo es lícito (“el mito son todas sus versiones”, diría algún antropólogo amigo, o algún consumado seguidor de Claude Lévi-Strauss), es un desafío, y también un gran riesgo artístico, sobre todo teniendo en cuenta que hace poco se vio en las pantallas otra reinterpretación del mismo, aunque en otra clave (“Espejito, espejito”).

Si en el “Rey Arturo” de Antoine Fuqua se retomaban las investigaciones historiográficas sobre el origen del mito artúrico, en esta relectura se apunta a un tono de fantasía épica, recuperando los tópicos del cuento (la espina de rosa, el espejo, la reina mala, la heroína pura, los enanos, la manzana envenenada, el beso despertador) pero de una manera diferente, cambiando los detalles para sorprender a los que alguna vez supieron algo de esta historia, sea por las abuelas o por Walt Disney.

Neocuento

La historia aquí es más o menos así: el rey Magnus y la reina Eleanor tienen una hijita bonita llamada Blancanieves (Snow White). Pero la reina, débil de salud, fallece. Poco después, un ejército oscuro ataca el reino, el rey lo derrota y encuentra una prisionera bellísima, llamada Ravenna, de la que se enamora y con la que se casa.

Finalmente esta mujercita frágil lo asesina, toma el poder y se revela como una hechicera despótica y narcicista, que se baña en leche como la legendaria Popea, y consulta a su espejo mágico sobre quién es la más bella. Además de su ego, sabe que en su belleza está cifrado su poder actual y su eventual caída futura.

Hasta que un buen día, el espejo (atractiva reinvención del mismo) dice que no, que la más linda es Blancanieves, que está prisionera en la torre y ya alcanzó la madurez. Entonces vendrán las ganas de matarla, el escape y la selección de un peculiar Cazador (un alma en pena, en vida) para capturarla, y el encuentro decisivo entre la princesita desvalida en busca de aliados y el rudo antihéroe en busca de redención.

Mitemas a la sartén

Desde la historia escrita por Evan Daugherty, la dirección de Rupert Sanders, el diseño de producción de Dominic Watkins, la fotografía de Greig Fraser y el vestuario de Colleen Atwood se elabora una yuxtaposición de muchísimas cosas ya vistas, pero de una manera elegante y visualmente impecable. Y de todos modos, las fuentes en las que abreva son a su vez reelaboraciones de mitemas (una porción irreducible de un mito, un elemento constante que reaparece en diferentes historias) arraigados en imaginarios de diversas culturas.

Hay bastante del imaginario del profesor John Ronald Reuel Tolkien (el árbol en el escudo de armas, símbolo de los reyes de Númenor y Gondor; los enanos como una raza de mineros; los ejércitos fantasmagóricos) y su representación visual a cargo de Peter Jackson (las tomas aéreas, las travesías por montañas, las batallas, las cabalgatas, el arquero infalible, la coronación); hay en la renacida Blancanieves, arengando a sus seguidores con su vestido blanco y descalza, y luego con su armadura y espada, una referencia a Juana de Arco, convertida en estandarte de batalla (al fin y al cabo, la primera heroína femenina); el Bosque Encantado, lleno de alimañas y esporas fétidas, y el santuario de las hadas, con su ciervo de gigantescos cuernos, son un homenaje a dos obras cumbres de Hayao Miyazaki (“Nausicaä del Valle del Viento” y “La princesa Mononoke”), también con sus heroínas más o menos predestinadas. Está también la cámara en mano, especialmente para los primeros planos, que se está poniendo de moda, como se pudo apreciar en “Los Juegos del Hambre”.

Dicho esto, hay que decir que la puesta visual es sorprendente, que la reconstrucción del mundo medieval y sus técnicas de lucha es fantástica (aunque se mezquine la sangre, y la muerte en batalla luzca un poco difusa), que el vestuario de Atwood está a la altura de sus grandes trabajos, que James Newton Howard se afianza como uno de los musicalizadores destacados de Hollywood, y que el cuidado de la producción y la dirección de arte alcanza los mínimos detalles (por más princesa que seas, si sos una prisionera y luego fugitiva en un bosque, es natural que tengas las uñas romas y mugrientas; parece una perogrullada, pero hemos visto ejemplos en contrario).

En primer plano

Todo esto no luciría sin el elenco, especialmente los tres implicados principales, que llenan la pantalla con la belleza de sus rasgos y la claridad de sus gestos, y se “bancan” los primeros planos: Kristen Stewart (Blancanieves), tan firme como femenina, con sus labios entreabiertos mostrando sus simétricas paletas; Chris Hemsworth (el Cazador), con su apostura de galán imposible de derribar, aunque aquí no sea el divino Thor sino un guerrero en decadencia, vencido por el alcohol y los recuerdos; y Charlize Theron, con su mezcla de vampiresa fatal, gorgona agraciada y resentida social (por la historia personal que se va dosificando). Desgraciadamente, Cinemark trajo esta cinta sólo en versión doblada al castellano, por lo que se pierde la voz original de las figuras, pero como se dijo, ya con su presencia en cámara “garpan”.

Sam Claflin apenas se muestra como William, el aspirante a Príncipe Azul (en realidad, el hijo de un duque rebelde, ya que nos gana la burocracia medieval), pero eso está propositado desde el vamos (la cuestión romántica toma caminos inesperados, pero difusos). Por lo que queda en cuanto a secundarios el lucimiento es para los enanos, particularmente en los casos de Toby Jones, Ian McShane y Bob Hoskins.

Valga entonces esta vuelta de tuerca sobre el inmortal cuento, un buen relato de aventuras que está a la altura del “estado del arte” del cine de alto presupuesto, aunque no invente nada nuevo. Pero de eso se trataban los viejos cuentos de hadas: de que nos cuenten otra vez las historias que conocemos, y que el bien y la pureza triunfen, aunque de maneras a veces algo diferentes.