Bienvenido León de Francia

Crítica de Brenda Caletti - CineramaPlus+

LA ENCARNACIÓN DE LA FANTASÍA

A veces, una frase se convierte en un emblema, en un distintivo que produce la adhesión de quienes la escuchan. Otras, sólo se transforma en una condena. Pero, ¿qué ocurre cuando se manifiesta esta dicotomía? ¿Se la grita o se la silencia? ¿Qué hacer cuando la insignia y la persona son inseparables? Este es el dilema al cual se debe enfrentar Carlos Mendizabal a partir de su célebre parlamento: “No me olvidarán ni los pobres ni los humildes; el León de Francia será el vengador”.

En efecto, las palabras se tornan lemas que, y en ocasiones, se adoptan en la cultura popular. Pero su significado se refuerza más con la identificación de una voz. Eso ocurre hoy en día con la televisión o el cine, pero adquiere otra concepción en la época donde la radio era el medio de comunicación por excelencia. Se trataba de una reunión, de un encuentro familiar, donde la identificación de los personajes entraba en juego con la imaginación personal. En ese momento aurático radicaba la fortaleza.

Bienvenido León de Francia es el primer largometraje del director de teatro rosarino Néstor Zapata. Se trata de una versión que realizó junto a su grupo Arteón, en 1978, del radioteatro argentino León de Francia. El elenco que participa es rosarino y cuenta con las participaciones especiales de Darío Grandinetti y Luis Machín.

Carlos Mendizabal (Raúl Calandra) es la cabeza de la compañía y quien interpreta al León. Y organiza una gira por el interior para llevar su obra. Para ello, reúne al grupo de actores, entre ellos, su fiel compañera Selva Galante (Griselda De Lorenzi). Sin embargo, la rutina de transmisión del radioteatro y luego la representación en vivo por los diversos pueblos no sólo trae cansancio, sino también saca a la luz algunas miserias humanas, demostrando que las estrellas son simples mortales. De repente el escenario comienza a oscurecerse, se cubre de noche tras los bombardeos a Plaza de Mayo de 1955. Tras este hecho intervienen las figuras de Grandinetti y Machín.

A partir de los personajes de Amanda Barrios (Sara Lindberg) pero, sobre todo, de Antonio Bevilaqua (Naum Krass) se construye la idea del ídolo que luego cae en desgracia aunque no del mismo modo: Amanda aún es reconocida por sus pares y el público, su nombre tiene peso pero su forma de actuar hace que Blanquita pierda su devoción por ella. Mientras que Antonio sólo quiere retirarse con un papel protagónico para ser recordado y le pide a Mendizabal ser el León de Francia. El actor se burla de su pedido, lo mantiene en su rol de rey de Francia con la promesa de una función de despedida con ovaciones a sala llena. A veces a las palabras se las lleva el viento… pero también quedan grabadas en la memoria y el despecho las hace valer.

La película está construida a través de escenas poéticas y burlescas. En el primer caso, uno de los elementos que lo realza es el uso del blanco y negro al inicio y sobre el final del filme. Hay un trabajo minucioso en la llegada al tren: la manera en que entra en la estación, la repetición de los planos detalles de las ruedas, la aceleración del sonido de éstas, el humo, la lluvia y la despedida de Blanquita (Maru De Rosa) de sus tías para seguir su sueño de formar parte del radioteatro, o la escena final desde dentro del micro. El grotesco opera a partir de la exageración de algunos gestos en las funciones, sobre todo en Rubén del Mar (Matías Martínez) cuando interpreta al malvado.

La escena parece ser la misma pero no lo es: se modifican los lugares donde se coloca el elenco, cambia el público, el teatro, el sitio. Pero hay algo en esa repetición que atrapa y que la vuelve única, en ese saludo al final de cada función y en los aplausos de aquellos admiradores: la posibilidad de darle un cuerpo a la voz.

Por Brenda Caletti
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