Belfast

Crítica de Benjamín Harguindey - EscribiendoCine

La dulce y melancólica niñez interrumpida de Kenneth Branagh

La de "Belfast" es una historia de maduración catapultada por la tensión entre fuerzas incomprensibles y la incertidumbre hacia el futuro en la que lo que finalmente triunfa, y lo único que importa, es el recuerdo de los seres queridos.

Hay un momento en Belfast (2021) en el que el abuelo de Buddy, el niño protagonista, decide expresar algo doloroso a su nieto. La frase que elige es tierna y consoladora pero también totalmente honesta: no acude a clichés, no busca evitar la tristeza o disfrazar la verdad. Es una escena conmovedora que resume perfectamente el film, un ejercicio de hacer memoria sobre una infancia marcada por momentos de alegría y congoja que resulta tan sentimental como auténtico.

Buddy (Jude Hill) es la versión infantil del director y escritor Kenneth Branagh, cuya idílica infancia se vio interrumpida a los 9 años cuando en 1969 estalló violentamente el conflicto entre los católicos deseosos de emancipar Irlanda del Norte y los protestantes a favor de mantenerla dentro del Reino Unido. La calle en la que Buddy y otros niños juegan con espadas de madera se convierte abruptamente en un campo de batalla entre manifestantes y oprimidos, el barrio se desdibuja en un gueto segregado por barricadas y la vida cambia para siempre de un día para otro.

Anclando la perspectiva firmemente en el niño, a la película no le incumbe la naturaleza del conflicto sociopolítico en cuestión y lo deja en el fondo de la historia, decorando amenazantemente las memorias de Buddy. La de Belfast es una historia de maduración catapultada por la tensión entre fuerzas incomprensibles y la incertidumbre hacia el futuro en la que lo que finalmente triunfa, y lo único que importa, es el recuerdo de los seres queridos.

El núcleo de la familia de Buddy - su padre y madre (Jamie Dornan y Caitríona Balfe) y sus abuelos (Ciarán Hinds y Judi Dench) - se mantiene neutro, ganándose el resentimiento de ambas partes del conflicto. Los actores son excelentes y habitan sus papeles con comodidad, interpretando personas condicionadas por una dura realidad pero elevadas (y romantizadas) a estatutos arquetípicos por la perspectiva indirecta de Buddy. Así su aguerrida madre se convierte en un paladín con un escudo de hojalata en medio de una violenta protesta, y el padre - ausente, distante - en un vaquero solitario con el pueblo en contra y un duelo a la hora señalada.

Hinds y Dench en particular se destacan como los abuelos. Cada uno tiene su rinconcito designado y su pasatiempo obsesivo y cuando hablan entre sí parecen estar continuando una conversación que lleva ininterrumpida décadas. En sus papeles secundarios dan vida a toda una relación y crean los momentos más conmovedores de la historia, hasta el mismísimo plano final.

El cine moldea gran parte de la vida de Buddy y por extensión lo que vemos, lo cual excusa (a propósito o no) las partes más increíbles o trilladas del relato. El film es blanco y negro pero las películas y el teatro son representados a todo color. Son oportunidades para escapar de la desolada realidad por un rato y también adelantan lo que será de la vida de Kenneth Branagh. Pero Belfast no es una oportunidad para el director de vanagloriarse de sus orígenes humildes o el largo recorrido hacia sus logros, ni para hacer proselitismo. Trata sobre los momentos específicos, formativos, traumáticos, dulces y melancólicos que quedaron de una niñez interrumpida.