Bajo mi piel morena

Crítica de Guillermo Colantonio - CineramaPlus+

Existe algo así como una receta Campusano. La cuestión es qué ingredientes predominan sobre otros en cada película. Luego de una considerable filmografía, su cine permite algunas certezas. Una de ellas, acaso la principal, es que el resultado de sus historias depende de los personajes encontrados, muchas veces extraordinarios (Vickingo, Molina, el Murciélago). Otra, no menos importante, es la capacidad intuitiva para retratar ambientes con dos o tres pinceladas maestras. Pocos directores argentinos son capaces de integrar en un mismo espacio con éxito estos dos procedimientos habituales en el realizador. También son pocos quienes se atreverían a jugar al límite del ridículo con diálogos escolarizados o excesos melodramáticos. Campusano hace todo eso y esas son, entre otras, las cosas que defiende a muerte en sus películas. Cuando la balanza se inclina más para un lado, todo funciona mucho mejor. Bajo mi piel morena es parte de esa religión.

La primera secuencia es una escena sexual rabiosa, como debe mostrarse, sin concesiones, y marca un camino, el de la naturalidad y la confianza para evitar ese perfume trucho de tantas encamadas. Un poco más adelante, sabremos que las historias de Morena, Claudia y Miriam, no están puestas en los lugares comunes del universo trans representado en el cine, sino en un espíritu de amistad, solidaridad y protección, el único cerco posible frente a la estigmatización y la discriminación. El momento en que Morena se entera de que su pareja está casado es un ejemplo. Lo sabe en el baño por otra amiga trans. No será el único. Ella también estará al pie del cañón cuando Claudia, que es profesora de Historia, tenga sus líos en el colegio donde intenta dar clases y sea asediada por una madre (uno de los grandes personajes creados por Campusano; con su bolsa de supermercado y su pandilla es de lo mejor que se vio por años en el cine nacional). Y si el proteccionismo es una actitud, no se trata de una cuestión corporativa, dado que involucra además a otra amiga hétero que no es del palo y tiene sus vaivenes melodramáticos con otro tipo casado.

Lo anterior es importante porque permite avanzar en una problemática que no se centra exclusivamente en el reclamo o la victimización exacerbada. Dos terrenos parecen ganados para Morena. Primero, el de su casa. Vive con su madre, es la “princesa” para ella y no hay ahí cuestionamientos sobre su condición sexual. El otro, el de la fábrica en la cual trabaja desde los 16 (empezó como hombre y continuó como mujer), es el de la lucha continua para hacer frente a los tipos que extorsionan o a las compañeras que no aceptan que use el mismo baño. Pero hay conquistas importantes y un último plano (hermoso) ratificará una especie de victoria.

Creo que lo peor que se puede hacer frente al cine de Campusano es quedarse atado a ciertas zonas dialogadas que bajan línea o están atravesadas por un discurso de manual. Sería muy injusto, porque uno se privaría de guardar imágenes únicas, potentes. En Bajo mi piel morena hay unas cuantas (los enfrentamientos entre Claudia y la mujer gorda, Morena y Claudia hablando en el baño después de encamarse con dos pibes, los momentos en la fábrica) y en muchas de ellas se deja ver una capacidad intuitiva singular e incluso un manejo del humor muy particular. Esa fuerza gravitatoria es un núcleo esencial de su cine, que sigue corriendo a toda marcha, con tropiezos, pero a un ritmo envidiable.

Por Guillermo Colantonio
@guillermocolant