Bailarina

Crítica de Brenda Caletti - CineramaPlus+

ARDOR ESENCIAL

“Jamás debemos renunciar a nuestros sueños”. La frase resulta bastante trillada, sobre todo, cuando se trata de películas animadas y en el caso de Bailarina, como en tantas otras, funciona como el leitmotiv para que los amigos se liberen por completo de aquello que los retiene, el orfanato, para lanzarse de lleno cumplir sus deseos más profundos: convertirse en la primera bailarina del Ópera House de París para Felicia y ser un inventor para Víctor.

En el trayecto, el filme de Eric Summer y Éric Warin mantiene ciertas semejanzas con el cuento de La Cenicienta a partir de los personajes de Camille, una niña egoísta y malcriada; su madre, quien posee un parentesco físico y estético con la madrastra del cuento y Odette, la sirvienta que acoge a Felicia y se transforma en su mentora. Este último personaje resulta curioso porque combina matices de La Cenicienta con otros del personaje principal del cuento- ballet El lago de los cisnes.

El trabajo más interesante de la película se encuentra en el despliegue visual y narrativo del contexto: por un lado, la ambientación de la París de fines del siglo XIX enmarcada en la construcción de la torre Eiffel y del futuro envío de la Estatua de la Libertad a Estados Unidos.

Por otro, en el período de transición del ballet romántico, más específicamente el ballet blanco, hacia la escuela rusa. Dicho pasaje se evidencia en la conformación de las personalidades de ambas niñas y en su forma de bailar. Felicia da cuenta del primero por su pasión y la idea de un desplazamiento etéreo; mientras que Camille se centra en la técnica y en cierta elegancia.

El cumplimiento de los sueños encuentra su par en la pregunta “¿por qué bailas?”. Allí radica el mayor anhelo de todos: exteriorizar la propia esencia.

Por Brenda Caletti
@117Brenn