Avalancha: desastre en la montaña

Crítica de Cristian A. Mangini - Funcinema

ALTURAS Y PROPAGANDA

Si quieren pensar en Avalancha: desastre en la montaña de una forma sencilla, traten de imaginar a Top Gun en una montaña filmada por una mezcla de Michael Bay y Paul W.S. Anderson con una pesada dosis de melodrama. Para ser justos, Daniel Lee filma algunas secuencias de acción con mayor talento e inventiva que los dos mencionados, pero por cada una de las secuencias de acción memorables hay al menos uno o dos segmentos dramáticos con diálogos por momentos risibles y panorámicas, muchas panorámicas, que no dicen absolutamente nada. ¿La inmensidad de desafío? ¿La del coraje chino? ¿La del monte más elevado de la tierra? No lo sabemos porque aparecen dispersas como un enorme videoclip deportivo. En todo caso, hay en esta enorme épica nacionalista de más de dos horas momentos de inventiva, aventuras y un actor como Wu Jin, que se devora la película y canaliza lo que necesita un héroe del cine de acción. Lamentablemente se pierde en el medio de este mejunje que transpira presupuesto pero ofrece muy poco cine.

Avalancha: desastre en la montaña narra la desesperada carrera china por alcanzar el pico del monte más elevado del mundo, el Everest. En un flashback vemos la tortuosa expedición de 1960, que involucra a Wang Fuzhou (Wu Jin), Jie Bu (Lawang Lop) y Qu Songlin (Ji Zhang) alcanzando la cima luego de la pérdida de su capitán, otros miembros y, no es un detalle menor, la cámara fotográfica. Una vez en la cumbre dejan un recuerdo como se hace tradicionalmente al alcanzar una cima, pero no hay un registro formal de esta conquista. La fama y el reconocimiento inicial se vuelven un inconveniente cuando otras agrupaciones de montañistas cuestionen el logro, ya que no hay fotografía alguna de la hazaña. Olvidados, cada uno de ellos sigue su vida hasta que son convocados para coordinar nuevamente la hazaña. Es el momento de, 15 años después, sacar la ansiada foto y escalar desde la cara norte. La película se toma su tiempo para finalizar esta conquista que se llevó varias vidas.

En el medio de tanta hazaña épica y cine de aventuras hay melodrama y bajada política por doquier. El Everest es “nuestra montaña” a pesar de que comparte frontera con Nepal y que, por supuesto, un accidente geográfico sabe poco de nacionalidades. En el film se refieren a la incierta hazaña del británico George Mallory en 1924, del cual se desconoce si logró hacer cumbre utilizando la ruta de la cara norte, porque su cuerpo fue hallado muchos años después y no hay testimonios que puedan dar crédito de ello. Por supuesto, se omiten los ascensos desde la cara sur en Nepal, incluyendo la primera vez que se alcanzó la cumbre en 1953 (Tenzing Norgay y Edmund Hillary). Este “pequeño” dato histórico es de valor porque el relato del film da la impresión de que entre el fallido ascenso de 1924 y el “no reconocido” de 1960 no hubo ascensos. El patriotismo se derrama por la trama con otros simbolismos más sutiles (el esfuerzo colectivo) y otros más rústicos y embarazosos.

Se entiende que no haya una búsqueda de verosímil sino de una espectacularización del proceso. El montaje es clave y cumple en secuencias como el ascenso de 1960 y secuencias dramáticas como el primer fallido ascenso 15 años después. El desenlace logra conmover al conectar un pequeño flashback con el logro de 1975 y hay dos secuencias con avalanchas que son memorables. Por desgracia también están las ridículas panorámicas y secuencias que son de un kitsch desgarrador: ver a Ziyi Zhang haciendo un personaje tan monocorde como Xu Ying es tan lastimoso como ver la secuencia en que lee un fragmento de la vida de Mallory mientras Fuzhou escala una fábrica o la secuencia en que el mismo Fuzhou detiene un enorme bloque de hielo con su espalda para salvarla. Y hasta aquí hablamos poco de los diálogos porque es una película que triunfa en sus silencios y se hunde en sus palabras.

Si están dispuestos a sobrevolar el melodrama, hay aquí buenas secuencias de acción que nos mantienen al borde de la silla, pero omitir otras torpezas de guion o una música que raya lo publicitario con la misma contundencia que los ralentis es un poco demasiado. Para explorar el Everest y el montañismo hay, por suerte, otros ejemplos cinematográficos.