Arribeños

Crítica de Pablo E. Arahuete - CineFreaks

Hechos en Taiwan
Ya desde su primera imagen con la cámara ubicada estratégicamente en un plano abierto y fijo, Arribeños nos enfrenta con dos espacios muy distantes pero a la vez coexistentes: las vías del tren algo desvencijadas y detrás, atravesando un arco, el Barrio Chino, cuna porteña de los taiwaneses y chinos que llegan a la Argentina para quedarse y así, de generación a generación, ir construyendo algo de su identidad en una tierra tan lejana a la natal, al tratarse de la más austral del planeta.

Esa identidad que encuentra en el mosaico de testimonios, con la clausura explícita de las cabezas parlantes para que sea el colectivo armónico el que exprese la voz de la colectividad taiwanesa desde los matices de las distintas voces que pelean con el castellano pero se hacen entender, encuentra también su costado complejo y melancólico cuando de desarraigo se trata y las anécdotas tristes se cruzan con los sueños de emprendimientos, desde el humilde supermercado hasta empresas más ambiciosas.
La cultura del trabajo y del esfuerzo es el denominador común en cada relato que Marcos Rodríguez nos entrega con absoluta generosidad, así como las imágenes con que ilustra la cultura y sus recovecos tanto en lo que hace a los rituales religiosos, como al quehacer cotidiano de un barrio que despierta por la mañana y parece no querer dormir.

Uno de los ejes de Arribeños, sin lugar a dudas, es una poesía que viaja junto a la cámara atenta al recorrido, al viaje desde la distancia que propone la mirada integral y no sectaria o reduccionista, poema sencillo pero elocuente que habla del barrio chino como esa conjunción de dos patrias y del futuro como un error de cálculo.