Argo

Crítica de Ignacio Andrés Amarillo - El Litoral

Un paso adelante de la muerte

En el principio está la incorrección política. Ya el tema “Irán” podría serlo en estos tiempos de tensión con el gigante persa, pero aquí se va más allá. Si en “Juego de poder” (“Charlie Wilson’s War”) al final se reconocía que la desidia y la “desinversión” de los servicios que habían gastado millones de dólares para financiar la resistencia antisoviética en Afganistán terminó entregando el país al fanatismo del Talibán (literalmente, el Consejo de Estudiantes de la ley coránica), en “Argo” hay una introducción que cuenta cómo la CIA y el MI6 británico organizaron el derrocamiento del primer ministro laico Mohammad Mossadegh, por haber nacionalizado el petróleo, y estableció una dictadura monárquica en cabeza del sha Mohammad Reza Pahlevi.

Fue la opresión del sha y su policía especial, la Savak, los que forzaron una revolución que desgraciadamente ya no fue laica sino islámica, chiita y fanática, encabezada por el ayatolá Ruhollah Khomeini. Ante el asilo al sha de parte de Estados Unidos, los revolucionarios invadieron la embajada de ese país en Teherán, tomando al personal como rehenes, en una crisis que golpeó duramente al gobierno de Jimmy Carter.

Pero no todos fueron apresados: seis empleados lograron ganar la calle y alcanzar la residencia del embajador canadiense, sin posibilidades de salir vivos del país (los muchachos de Khomeini no eran más modosos que los de la Savak).

Al rescate

Ahí empieza la historia de “Argo”, que relata hechos parcialmente desconocidos hasta que la administración Clinton los desclasificó en 1997 y pudo devolverle su medalla al héroe de la jornada, Antonio J. Méndez.

En un momento crítico, en el que el aparato del Estado se debatía entre solucionar el problema mayor y visible de la crisis de rehenes, y el todavía oculto de los seis refugiados, nadie acertaba a dar una solución para estos últimos que no sonara impracticable e inverosímil. Hasta que Tony Méndez (un especialista en “extracciones”) propuso la más inverosímil de todas: montar una falsa productora de cine que pretendiera hacer una falsa película de ciencia ficción space opera, con desiertos y túnicas (hacía dos años que George Lucas había revolucionado el género con “Star wars”, y florecían las réplicas “clase B”). Con esa excusa, pretende ingresar a Irán como productor, acreditar a los refugiados como un equipo de producción canadiense, y sacarlos de allí con pasaportes falsos.

Así comienza una carrera contrarreloj internacional, entre cables secretos, llamadas telefónicas y persecuciones en el terreno, que inevitablemente ponen al espectador a “hacer fuerza” para que el grupo de diplomáticos y su salvador puedan escurrirse de las garras de los temidos Guardias Revolucionarios, tensión que va creciendo hasta un final sin aliento.

Reconstrucción

Todo esto se basa en el guión que Chris Terrio escribió sobre el artículo Joshuah Bearman “Escape from Tehran”, pero no podría concretarse sin la maestría de Ben Affleck en la dirección, posiblemente en su mejor trabajo hasta la fecha (y miren que “Desapareció una noche” estaba muy bien lograda). A la dosificación del ritmo narrativo se suma el trabajo de cámaras y fotografía (a cargo de Rodrigo Prieto), que contrapone el “tranquilo” mundo de la agencia con el candente de la situación “in the field”.

Si las escenas de los espías y funcionarios en traje y corbata se filman en planos generales y quietos, con colores más grises y fríos, las del peligro inminente se capturan con cámara en movimiento, planos cercanos y colores más calientes, capturando el extrañamiento de un entorno hostil y de lengua diferente. Para poner una comparación necesariamente odiosa: un cruce entre la atmósfera de “El topo”, de Tomas Alfredson, y “Carlos”, de Olivier Assayas. Acompaña esto la música de Alexandre Desplat, que recurre a instrumentos típicos como el oud (el laúd árabe) y las tarbukas y otras percusiones étnicas, a fin de reforzar el clima de Medio Oriente.

Pero todo esto se completa con una minuciosa reconstrucción de época (el diseño de producción corresponde a Sharon Seymour), incluyendo secuencias calcadas de fotos y documentales de esa fecha (y la inclusión de metraje real). La secuencia de títulos finales sirve para demostrar paralelismos entre lo reconstruido y lo testimonial, y algo más sorprendente: la similitud física (el elenco fue reclutado por Lora Kennedy) entre los actores y los personajes históricos que interpretan, apoyados en una buena caracterización.

Encarnaciones

Quizás la parte actoral-interpretativa es la que menos se puede lucir en un filme de precisión, y con un elenco necesariamente numeroso. El propio Affleck está correcto como el circunspecto y atribulado Méndez, acompañado por Bryan Cranston como su superior Jack O’Donnell y la escueta pero entrañable presencia de Alan Arkin como el director Lester Siegel y John Goodman, como John Chambers, ganador del Oscar por el maquillaje de “El planeta de los simios” y cómplice principal de Méndez en el engaño. También tiene su momento Kyle Chandler, un actor interesante que poco aparece por aquí como Hamilton Jordan, el chief of staff del presidente Carter.

Acompañan Victor Garber como el embajador canadiense Ken Taylor, Page Leong como su esposa Pat y Sheila Vand como el ama de llaves Sahar, claves en la historia. Los seis refugiados son Tate Donovan (Bob Anders), Clea DuVall (Cora Lijek), Scoot McNairy (Joe Stafford), Rory Cochrane (Lee Schatz), Christopher Denham (Mark Lijek) y Kerry Bishé (Kathy Stafford).

Ya se está hablando de esta cinta como candidata al Oscar, y posiblemente esté al menos entre los aspirantes: la Academia ama las historias verídicas. También quizás, ame la combinación de autocrítica política con reconocimiento al heroísmo de los agentes de a pie. Pero seguramente los académicos no podrán soslayar ni la calidad de la realización, ni la nostalgia que genera el estilo de intriga internacional y las humoradas sobre Hollywood, reflejos de una era mucho más acabada que la herencia de la Revolución iraní.