Araña

Crítica de María Bertoni - Espectadores

Es notable el esfuerzo del cine chileno, o al menos de aquél que llega a nuestras salas, por contrariar la consigna conservadora de dejar atrás el ayer. Andrés Wood es uno de los primeros referentes de esta tendencia saludable: en 2004 su largometraje Machuca recreó la antesala del golpe de Estado contra Salvador Allende desde la mirada de tres pre-adolescentes. Una década y media después, el también autor de Violeta se fue a los cielos retoma esa misma época trágica con Araña, protagonizada por –otra vez tres– militantes ultra nacionalistas.

A diferencia de aquel largometraje totalmente ambientado en 1973, el de 2019 va y viene en el tiempo. Como otras ficciones con pretensiones históricas, Araña también parte de un hecho actual para exponer la relación entre pasado y presente. Aquí se trata de un acontecimiento violento, que Wood filma con crudeza, acaso para adelantar la naturaleza criminal de la alianza que los ahora sesentones Inés, Justo y Gerardo integraron a sus veinte años.

Mientras describe a estos tres patoteros anticomunistas, Wood rescata del olvido colectivo a un artífice ¿secundario? del derrocamiento de Allende: el Frente Nacionalista Patria y Libertad, cuyo accionar terrorista contribuyó a desestabilizar el gobierno de la Unidad Popular, y que se diluyó dos días después de la instauración de la dictadura pinochetista. La decisión de recordar la existencia de esta fuerza de choque paramilitar ayuda a visibilizar la pata civil de los gobiernos de facto. La ocurrencia de retratar a tres integrantes 45 años después invita a reflexionar sobre la capacidad camaleónica de la derecha en general y en las democracias formales en particular.

Wood explora algunos lugares comunes del discurso reaccionario: la guerra contra un enemigo interno fogoneado por otro externo; la amenaza latente de invasión; el sacrificio (en realidad impostado) en defensa de la Nación; la libertad asociada al poder del dinero. El realizador también expone estrategias defensivas concretas como la manipulación de la justicia y la prensa.

Además de integrar una agrupación política, Inés, Gerardo y Justo conforman un triángulo amoroso. En este marco, Araña se revela menos original de lo que promete al principio, y menos equilibrada que Machuca. La adaptación de la novela de Eledín Parraguez articula mejor las dos historias relatadas: el despertar de un adolescente y los prolegómenos del golpe del ’73. En cambio, el amor prohibido que altera los vínculos del triplete contrarrevolucionario distrae la atención del fenómeno Patria y Libertad.

En Araña, cada integrante del trío es interpretado por dos actores: uno a cargo de la versión joven; otro de la versión contemporánea. El afiche y el trailer de la película adelantan la importancia acordada a la Inés actual, obra de nuestra Mercedes Morán. Dato curioso: tampoco es chilena María Valverde, actriz (española) que compone a la Inés veinteañera.

Es encomiable el trabajo de una y otra para imitar el acento trasandino y para transmitir la energía de esta mujer tan apasionada como reaccionaria. Las escoltan con solvencia los colegas chilenos que interpretan a Gerardo (Pedro Fontaine y Marcelo Alonso) y a Justo (Gabriel Urzúa y Felipe Armas).

Dicho esto, algunos espectadores encontramos que Araña es una propuesta irregular, que parece perder contundencia y singularidad cuando privilegia el thriller pasional en detrimento del thriller político. Desde esta perspectiva, preferimos Machuca e incluso la controvertida Violeta se fue a los cielos.