Aparecidos

Crítica de Daniel Castelo - ZonaFreak

Almas en pena

Hasta aquí, el cine ha retratado de maneras bien diversas la tragedia que vivió la Argentina entre 1976 y 1983, cuando fue gobernada por una sanguinaria dictadura militar. Treinta mil desaparecidos son los silenciosos testigos de esa sangría que anuló a una generación y dejó cicatrices que nunca cerrarán en un pueblo castigado por una historia mayormente marcada por el terrorismo de Estado.

En ese marco, animarse a un film de terror que tiene como tema a los desaparecidos, ambientarlo en la década actual y que el encargado sea un realizador español que vino a filmar a la tierra de los hechos, es toda una apuesta valorable.

Claro que no siempre las cosas resultan como debieran, o como hubiera sido esperable.

La trama nos dice que dos hermanos que llegan a la Argentina desde España para firmar la desconexión de su padre comatoso, emprenden un viaje hacia la Patagonia. Pese a la distensión que supone ese camino emprendido, las cosas se ponen mucho más oscuras a partir del momento en que uno de ellos encuentra escondido un cuaderno con escritos sobre sesiones de tortura y fotos de cuerpos mutilados y heridos hasta la muerte.

Además, fantasmas de víctimas de la represión ilegal (y de sus ejecutores) acompañarán y empeorarán el derrotero de los protagonistas, que no tardarán en dar con una verdad que nunca quisieran haber conocido.

Paco Cabezas trabajó un tema delicado y sensible con el respeto necesario como para no caer en el folletín político ni tampoco cruzar la frontera de lo bizarro extremo, que si bien bordea al relato de comienzo a fin, está apenas presente, como para clavar un par de señales del género pero sin exagerar su pertenencia.

El problema del film es que se basa en guión con baches insalvables, con situaciones resueltas de manera caprichosa (cómo acuerdan desconectar al padre, cómo hallan el cuaderno de notas), y con un planeto formal que nos planta en pantalla a los espíritus sin terminar de haberle dado la vuelta necesaria como para que cierre lo que se nos está contando.

Es aquí donde la buena voluntad del realizador, evidentemente deseoso de contar un cuento con contenido histórico no alcanzado por la pasteurización, termina por disolverse en medio de escenas que o terminan de cuajar en la narración general.

En cuanto al cast, más que destacado lo del local (y ex- Cha Cha Cha) Pablo Cedrón, como el miserable represor, ajustado a su papel dentro de lo que le permitió el guión. El resto acompaña y hace lo suyo con la mínima solvencia necesaria.

Es de esperar que el cine vuelva a animarse a cruzar el género con una cuestión de peso como la que tomó Cabezas para su film. Aunque con más fortuna en los resultados, claro está.