Annabelle

Crítica de Pablo Sebastián Pons - Proyector Fantasma

MUÑECO MALDITO

Concebida e ideada como un spin-off, Annabelle cuenta los orígenes de la muñeca que hace su aparición en una de las mejores películas que vió el 2013, El Conjuro (James Wan). John (Ward Horton) y Mia Gordon (Annabelle Wallis) son una pareja que experimenta horrorosos sucesos que involucran una vieja muñeca de época a partir de la irrupción de unos sectistas satánicos en su casa. John Leonetti se embarca en la difícil tarea de agrandar la mitología de muñecas y posesiones empezada por Wan desde hace ya unos años.

El director de la saga Insidious ha sido en los últimos años uno de los directores más destacados que el cine de terror ha dado. Con sus innegables obsesiones a cuestas (muñecos, posesiones y personajes femeninos atormentados), Wan ha sabido redescubrir y explorar con éxito, en mayor o menor medida, aquellos subgéneros que Hollywood ha descuidado ya sea por impericia o desinterés. En el 2004, el malasio de 37 años dió una bocanada de aire fresco al género (que ya venía viciado en reversiones y horrorosas secuelas) con su segundo largometraje, Saw (muñecos de vuelta), la cual, debido a su éxito, luego se convirtiera en una saga que desbordara una moralina gore insostenible (aunque él siguiera involucrado como productor ejecutivo). Años después, Insidious, Insidious: Capitulo 2 y El Conjuro terminarían de confirmar que Wan había dejado de ser una promesa para convertirse en una de las mejores realidades contemporáneas del cine de terror.

¿Pero por qué seguimos hablando de Wan si el director de Annabelle es John Leonetti? Porque más allá de que no esté en el sillón de director (productor de nuevo), Annabelle no escapa a ninguna de las grandes estructuras de Wan y parece auto-someterse voluntariamente a ello. La historia de una familia joven que es afectada por un muñeco, un demonio, un espíritu o cualquiera de sus variantes ya la hemos visto en las sagas antes mencionadas (en Dead Silence, de 2007, la diferencia es que el muñeco afecta a un joven) y allí es donde Leonetti comete su peor pecado: no haberle imprimido a Annabelle un sello personal significativo.

De esta manera, si bien Leonetti logra una película directa y simple (en comparación con el universo que habita: las películas de Wan rozan las dos horas) y una tensión considerable sostenida efectivamente por el suspenso y el terror que plantean, Annabelle vaga en la intrascendencia de ser una película de relleno (¿otra franquicia?) y la imposibilidad de su director de aportar a esta precuela y a la saga en sí algo significativamente relevante.

Sin embargo, puede que Leonetti haya caído en uno de los peores errores de Wan: su excesiva proliferación. Para este año se espera la tercera entrega de Insidious y para los próximos la ¡octava! de Saw y la segunda de El Conjuro está en duda. Entonces, Annabelle se convierte en una de las posibles consecuencias de querer expandir un universo: no tener nada nuevo para contar.