Amor bandido

Crítica de Diego Brodersen - Página 12

"Amor bandido": algo más que un simple metejón.

“Todos nos enamorados de la persona equivocada”, afirma con vehemencia la frase publicitaria de Amor bandido, ópera prima como realizador del experimentado productor Daniel Werner (La niña de tacones amarillos, Rerum Novarum, Boni Bonita). Hipótesis de difícil comprobación pero que, al menos en el caso de su protagonista, es absolutamente cierta. Joan -interpretado por el veinteañero Renato Quattordio, visto hace poco en Yo, adolescente– tiene dieciséis años y anda metido en una relación amorosa con su profesora de arte, quien lo dobla en edad y, como suele decirse, casi podría ser su madre. La película lo presenta en una típica situación cotidiana, en su cuarto, escuchando un tema de Wos mientras termina de armar una maqueta algo despareja. El padre del joven, un juez serio y severo, vestido de traje para leer el diario durante el desayuno, arranca el día con retos. Más tarde, en la escuela, la profesora Luciana (Romina Richi), que ese mismo día deja su cargo en la escuela, lo encuentra entre armarios y biblioratos, proponiendo un encuentro nocturno.

Joan y Luciana se conocen hace tiempo y hace tiempo que sus cuerpos intiman. Eso es claro de entrada. También lo es que la propuesta de escape a una casa de campo en Córdoba, propiedad de la familia de la mujer, parece esconder algo más que una simple aventura. Ya instalados allí, ese amor prohibido por diferencias generacionales tendrá su correlato en un par de escenas de sexo jugadas a la vieja usanza del thriller erótico: movimientos corporales simulados, paneos lentos sobre las pieles, música de acompañamiento... su ruta. En paralelo, las suspicacias de Luciana ante la presencia de un par de turistas, la aparición de un arma de fuego, la preparación de un jugo de naranja señalan lo indefectible: Joan está allí por razones mucho más complejas que un simple metejón, situación que comenzará a confirmarse luego de la aparición de un familiar de la dueña de casa, un hombre rudo y misteriosamente herido en una pierna (Rafael Ferro).

Werner maneja con cierto profesionalismo los hilos del suspenso y, a pesar de que Amor bandido se monta en gran medida sobre clichés vistos y oídos en millones de ocasiones previas, los ochenta minutos avanzan velozmente hacia el desenlace. Más que un thriller erótico, la película es una suerte de relectura del noir de viudas negras, aquellos relatos de mujeres peligrosas que, consciente o inconscientemente, llevan al borde del abismo a hombres (en este caso, un mozalbete) incautos y/o desprotegidos, desarmados ante el canto de sirena del deseo físico. Para cuando suena por segunda vez “La ruta del tentempié”, de Charly García, Joan ya aprendió que no todo lo que brilla es oro y que, a veces, es mejor concentrarse en esa yunta de bueyes llamada rutina.

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