Agosto

Crítica de Lilian Laura Ivachow - Cinemarama

Agosto cuenta de antemano con muchos elementos a favor: una obra de teatro reconocida y ganadora del Pulitzer, un elenco con actores como Ewan McGregor y Julliete Lewis que nos han acostumbrado a gratos momentos, dos actrices experimentadas y queridas por el público que garantizan convocatoria. Meryl Streep y Julia Roberts vienen también a remozar a la “madre e hija ajustándose cuentas”, dueto que el cine ha transitado con frecuencia con altas performances de Bergman y Woody Allen.

Pero Agosto carece de potencia cinematográfica y esta falla no radica exclusivamente en su fuente de inspiración. Las adaptaciones del teatro al cine –de las que Shakespeare fue víctima en los mejores y peores casos– han generado resultados diversos. Más que por su naturaleza teatral, las falencias de Agosto provienen de ese devenir en el que el teatro necesita transformarse en cine. Es ahí donde el director John Wells y Tracy Letts –autor de la obra, colaborador en la película– se pierden en su propia traducción.

Wells filma con bastante pobreza, en especial en los momentos “intensos” de duelo descarnado entre Julia Roberts y Meryl Streep en los que todo se recita, todo se declama o se escupe. Esta sucesión de unipersonales emotivos en la que cada uno aguarda el momento para hacer su descargo es lo que más estanca la película, lo que le quita dinamismo y fluidez. Porque de acuerdo con la lógica del film el sufrimiento no se ajusta a los límites del cuerpo; no está enquistado en los gestos, en la contención de la emoción o en el no decir las cosas (que podría ser tan valioso como decirlas). Las emociones están a flor de piel y uniformadas y el dolor personal es como una náusea esperando su turno para provocar el vómito, un alien acechando agazapado solo para desbaratar a quienes están cerca.

Wells es consciente de la necesidad de agilizar tanto parlamento y busca exteriores como contrapunto visual. Esto logra airear un poco la película, pero la realidad es que Agosto es en esencia coral y de interiores y es en la representación de la interioridad en donde más fracasa. Casi todos actúan con mayúsculas pero nadie interactúa, nadie se interesa por el otro. Los otros (en especial los personajes masculinos, bastante desdibujados) parecen no tener capacidad de respuesta. Este silenciamiento del entorno que atenta contra uno de los principios más básicos de la cinematografía (ya desde el plano contraplano el cine buscó tempranamente dar cuenta de la reacción) lleva en particular a Meryl Streep a desplegar un histrionismo desbordado la mayoría de las veces altisonante y ridículo.

Pero si Agosto se basa indefectiblemente en las actuaciones es en este punto en el que sucumbe y logra a su vez mayor precisión. Sam Shepard está elegantísimo e incluso misterioso en el comienzo, Margo Martindale muy sobria en su gran revelación. La bendición que intenta elaborar el tío Charlie en la mesa (momento que sí contempla la reacción de los demás) es una de las escenas más simpáticas. Son soplos de libre albedrío en una película en la que todo ya viene arrastrado por la fatalidad.