Acorralados

Crítica de Ramiro Ortiz - La Voz del Interior

Fábula sobre la retención de ahorros

Plantear hoy un cacerolazo en la vía pública puede tener mayor o menor éxito, dependiendo de varios factores, como el motivo del reclamo, el clima político, o el grado de compromiso de los ciudadanos. Hacer una película sobre un conflicto que marcó a fuego a los argentinos hace una década atrás, parece casi un acto de temeridad de parte de un director, que tal vez haya tenido razones muy personales para rodar este filme, y que debe conocer la resistencia que el espectador local siente por revivir el pasado traumático de este país en un cine, pero que aún así siguió adelante con este proyecto.

Qué lástima que no haya conseguido algo más importante. Una buena película siempre mejora, enriquece o purifica nuestros conocimientos o percepciones sobre algunas cosas. Pero aquí lo que ocurre son varias cosas.

Una de ellas es la poca consistencia del planteo dramático. El protagonista es un jubilado que, durante el corralito financiero de 2001, ingresa a un banco y toma a varios rehenes con una granada en la mano, demandando que le devuelvan su dinero. ¿Ante qué estamos? ¿Ante un thriller? ¿Ante un drama? ¿Ante una comedia absurda? Por cierto que la trama se pasea por todos esos géneros, y bien podría incluirlos a todos, pero queda muy lejos de una actitud que a veces es muy necesaria en estos casos: aferrarlos y jugar con sus reglas. Ejemplos hay de sobra en el relato. Pero uno llama especialmente la atención. El tratamiento que le dan al personaje del jubilado/Luppi. El sujeto es convertido en héroe por la película, cuando ha infringido él también las leyes que reclama que se cumplan. Como mensaje para una sociedad que pretende madurar cívicamente, no es de lo más recomendable.

Otra de las más notorias es la falla en la dirección de actores. En el elenco hay figuras como Federico Luppi, Esther Goris, Gustavo Garzón o Gabriel Corrado, que gracias a su oficio tapan un poco los errores, pero que así como aciertan, fallan cuando los obligan a decir frases fuera de contexto, los dejan en el aire cuando deben redondear una situación, o los llevan a adoptar posiciones corporales poco naturales o incómodas. Falencias que se acumulan y le confieren a este filme, quizá, un interés sociológico más que artístico. Última recomendación: llevar tapones para los oídos.