Aballay

Crítica de Martín Fraire - País 24

El jinete pálido

Allá por 1996 Walter Hill hizo una película con Bruce Willis que aquí se tituló Entre dos fuegos. El film, versión libre de Yojimbo (clásico de Akira Kurosawa), básicamente era un western protagonizado por gángsteres de la década del ’30.

Algo similar ocurre con Aballay, el hombre sin miedo. El director Fernando Spiner recrea el cine de género que hizo grandes a Sergio Leone o Sam Peckinpah, pero con los códigos, el contexto y el idioma del gaucho argentino.

Basado en el cuento homónimo de Antonio Di Benedetto, Aballay (buen trabajo de Pablo Cedrón) es el líder de un grupo de ladrones que luego de detener y robar una carreta, ultimará a su víctima con un cuchillo. Allí, donde la muerte se funda con la risa malévola, siniestra; el bandido dará con el pequeño hijo de aquel hombre.

La inocencia manifiesta en los ojos del niño servirá como factor determinante para que Aballay decida redimir sus culpas bajo el dogma de los elitistas, quienes subidos a columnas buscaron acercarse a Dios y alejarse de la Tierra en la que pecaron. Resuelto a pagar sus actos, el ahora arrepentido gaucho vivirá el resto de sus días montado en su caballo.

Diez años servirán de elipsis para que aquel joven ahora convertido en hombre (Nazareno Casero) vuelva en busca de venganza. En el medio, una historia de amor, la explotación machista de los forajidos en un pequeño poblado y una leyenda. Porque la decisión del penitente asesino pasará a ser parte de la fe que mantenga con esperanzas a los más débiles. Cual figura de centauro, “El Pobre”, se ha convertido en un mito.

Filmada en los bellos parajes de Tucumán, la película logra una innegable intensidad, fundamentada principalmente en los sobresalientes rubros técnicos. Fiel al género que representa, el último trabajo del director de Adiós querida luna cuenta con todos los tópicos que hacen creíble a la historia, pero con los códigos de un cine nacional que no es habitual ver en el circuito comercial.

Pese a algunas actuaciones desparejas, Aballay, el hombre sin miedo se presenta como un título que (muy) probablemente no obtenga apoyo masivo. Pero gracias a su solvencia formal, a su correcto ritmo y a una indudable profesionalidad, representa una intensa bocanada de aire fresco en una cartelera que ofrece cada vez menos variedad, simbolizando paralelamente una auténtica declaración de amor por el cine. ¿Acaso hace falta más?