Aballay

Crítica de Diego Batlle - Otros Cines

¡Qué placer reencontrarse (casi redescubrir) a Spiner con este vistoso y atrapante western gauchesco! Una película que se anima a dialogar sin miedo con el género de los John Ford, los Sam Peckinpah y los Anthony Mann, pero también con el cine latinoamericano de Leonardo Favio y Glauber Rocha. Más allá de ciertos preciosismos visuales innecesarios (por momentos, el director de La sonámbula y sus técnicos parecen regodearse un poco en su indudable talento para el encuadre, la fotografía o la edición y terminan cayendo en cierto esteticismo), esta tragedia sobre la venganza y la culpa rodada en bellísimo parajes tucumanos (la inmensidad de los paisajes es un personaje más) expone en toda su dimensión y sus múltiples facetas la crueldad, el salvajismo, la opresión, el machismo, la religiosidad (y la superstición) de la Argentina del siglo XIX. Basada en un cuento del gran Antonio Di Benedetto, Aballay es una película épica, intensa, sangrienta, visceral y expresiva (casi expresionista) en el que más allá de los excesos apuntados se lucen tanto sus hacedores (el DF Claudio Beiza, el compaginador Alejandro Parysow, el músico Gustavo Pomeranec, la directora de arte Sandra Iurcovich) como sus intérpretes (Pablo Cedrón como el bandido-santo del título, Claudio Rissi como el malvado de turno, la bella Moro Anghileri como el objeto del deseo y, en menor medida, un no del todo convincente Nazareno Casero como el porteño que intenta vengar 10 años más tarde el asesinato de su padre). Un film que no debería pasar inadvertido en el marco del festival ni luego en su paso por el circuito comercial.