Aballay

Crítica de Daniel Cholakian - Fancinema

Apenas algo más que una de tiros

Fernando Spiner es un director que tiene por virtud proponer miradas personales sobre la estructura de películas de género. Desde su primer cortometraje, el muy reconocido Testigos en cadena, esa forma de hacer cine – al menos en sus ficciones – es consistentemente sostenida. Aballay no es una excepción a esta marca del realizador. Basada en el cuento homónimo de Humberto Constantini, la película es un western gauchesco, una película que instala ese tipo de relato en un espacio – casi mítico – de la árida pampa argentina.

El protagonista es Aballay (Cedrón), determinante de los momentos claves del relato cuanto no en cuanto a su presencia en la historia. Jefe de una pandilla de ladrones violentos, el hombre es temido incluso por sus propios compañeros. Luego de asesinar a los hombres de un grupo que trasladaba oro, quedó marcado por la tragedia, al descubrir los ojos de un niño que lo miraba desde su escondite en la carreta en la que viajaba con su padre, ahora muerto. Desde entonces, Aballay desaparece en el desierto, deambulando penitente por aquella mirada infantil que jamás podrá olvidar.

Julián (Casero), aquel niño asustado, regresa a esos parajes diez años después, buscando venganza. No será ya a Aballay a quien encuentre sino a sus secuaces, Torres (Ziembrowski) y el Muerto (Rissi). En el camino hacia ellos, conocerá a Juana (Anghileri), de quien se enamorará y a quien el Muerto, convertido ahora en autoridad del paraje, toma como esposa de modo forzoso.

En esos diez años, Aballay, conmocionado por aquella culpa, había perdido el poder en su banda, se convirtió en una sombra, un mito, y recorre el desierto como una leyenda – “el pobre” -, deambulando firme sobre su montura durante años como un modo de sacrificio auto inflingido.

La historia se desarrolla sobre el amor y la venganza, que organizan este universo más bien simple que propone Spiner como sustento del desarrollo dramático. Tras un comienzo auspicioso, donde no sólo la construcción de la acción, sino los datos claves para situar acciones, relaciones y personajes son relatados con austera precisión, la película recorre el camino de lo simple y lo obvio. Desde el premonitorio cartel “Diez años después”, se pierde aquella primera capacidad de síntesis y de ajuste dramático a partir de indicios y no del exceso explicativo. Pero por sobre todo, los personajes que se incorporan, así como algunos hechos trascendentes, se hace profundamente inverosímiles. El asesinato de Torres, la aparición casi ridícula del cura interpretado por Goity, las pobres actuaciones de Casero y Fontova (que además recorre largos e intrascendentes parlamentos) son parte de las debilidades de esta película.

Aballay tiene un guión pobre, que desperdicia construir(se) alrededor del mito de El hombre sin miedo y su destino trágico – claves que anclan además en la tradición del western – y elije contar la historia de la venganza, creyendo que la inmensidad y cierta explicación final harán aquello que ni el guión ni la realización cuentan atractivamente.

El western no es sólo el escenario, las armas y la época. Supone un relato mítico y una épica. Hay algo que diferencia al gaucho de aquellos “cowboys”. Estos ganaron, son los exitosos en la batalla por conquistar las tierras y hacerlas explotables, mientras que el gaucho fue derrotado y convertido en trabajador explotado por aquellos porteños adinerados como Julián. Esta tragedia del destino gaucho – presente en Juan Moreira – pierde el sentido cuando domina una épica de triunfo de los poderosos (en definitiva Julián era el hijo del dueño del oro y como porteño educado fue hasta aquella pampa a matar a los asesinos de su padre). El mito del hombre que se sobrepone a las contrariedades y construye su futuro del western estadounidense, y que sostiene el origen del credo liberal, es opuesto al mito casi religioso, del hombre que se sacrifica por aquello que entiende sagrado. He aquí entonces uno de los problemas básicos de Aballay: Spiner traspone cuestiones formales de un lugar y un tiempo, sin adaptar los elementos de base. De ese modo la película termina mostrando pura acción pero carece de aquella tensión interna propia de la historia de este gaucho cimarrón que busca el sacrificio de acuerdo a su lugar en el mundo.

Formalmente, más allá del potente atractivo visual, la película es algo esquemática en la construcción de los personajes y las actuaciones son por demás irregulares y esto afecta seriamente al resultado final. Lamentablemente, Spiner, que con La sonámbula había abierto la puerta a una esperanza firme sobre su cine, con Aballay vuelve a presentar una película que, como Adiós querida luna, se monta en una idea visual atractiva y un conjunto de reglas constructivas concretas, pero falla en el guión, los diálogos y las actuaciones.