A puertas cerradas

Crítica de Mex Faliero - Funcinema

ESTANCAMIENTO GENERAL

Sinónimo de cine político mainstream entre los 70’s y los 80’s, el griego Costa-Gavras siempre se ha mantenido dentro de la industria aunque su voz se ha ido apagando con el paso de los años, sobre todo porque su estilo remeda al cine de otros tiempos y sus mecanismos son un poco los de esa apolillada etiqueta del “cine arte” que todavía sobrevive en una generación de espectadores adultos. En verdad el silencio de su obra tiene más que ver con lo envejecidas que se ven sus películas antes que con el lugar de privilegio que ocupa: por ejemplo A puertas cerradas, su última obra, ha conseguido nominaciones en diversas entregas de premios y ha pasado por la programación de distinguidos festivales. Es decir, para la industria del cine europeo Costa-Gavras permanece como un nombre propio de peso cuando hablamos de películas que miran y denuncian la realidad.

En A puertas cerradas esa realidad está a la vuelta de la esquina: el octogenario director narra un conflicto que conoce de cerca, la reciente crisis económica griega y las negociaciones que llevó adelante el ministro de economía Yanis Varoufakis ante los organismos de financiamiento y la desconfiada comunidad europea. A puertas cerradas, el oportuno título local, es una síntesis perfecta de lo que son los 124 minutos que dura el film: una serie de reuniones, encuentros, discusiones y tensiones varias, dadas en despachos y salas de reuniones de la alta política europea. Y lo es mucho más que el título original de Adultos en la habitación, tomado de un libro escrito por el propio Varoufakis, y que parecería contener un tipo de ironía que le es lejana al espíritu de Costa-Gavras.

La ausencia de espíritu lúdico, para una historia que parece reclamarlo a cada segundo, es una de las grandes falencias de la película. Lo otro es cómo Costa-Gavras construye un mundo de buenos y malos sin ninguna sutileza y, mucho menos, riesgo de confrontar con el espectador. La falta de complejidad es la que vuelve todo bastante subrayado y didáctico, con personajes que explican cosas que resultan demasiado básicas para los cargos que ocupan. Y por supuesto reiterativo, tanto que en determinado momento A puertas cerradas se estanca como las negociaciones que lleva adelante el ministro griego. Hay claro que sí solidez en un reparto sin fisuras y un manejo de la narración que demuestra oficio. Pero no mucho más que en eso en un film que, para colmo de males, elige terminar con una secuencia simbólica y surreal, que resulta absolutamente anticlimática. Se podría decir que, con más y con menos, el cine de Costa-Gavras fue siempre así, pero también es cierto que antes había un brío que posiblemente tapara las fisuras que se ven aquí.