30 noches con mi ex

Crítica de Juan Francisco Gacitua - A Sala Llena

EL CHUECO APRENDIÓ ALGO HOY

Contiene spoilers.

Bienvenidos al período consciente de nuestros capocómicos contemporáneos: hace algunos meses Guillermo Francella señaló el cielo para mostrarnos la catástrofe que nos tiene preparada el planeta mientras estamos tan enfrascados buscando certezas en una app, y seguramente compartiendo las claves de Netflix con nuestros padres como si estuviéramos en Sodoma y Gomorra. Adrián Suar también parece haber reflexionado en todo este tiempo, y vuelve a encontrarnos en las salas dispuesto a detenerse en medio de una vereda de Buenos Aires y señalar nuestro frenesí cotidiano desde los ojos de una mujer con padecimiento mental, como hablándonos de lo bien que nos haría ver las cosas un poco más como ella. En Granizo, Francella completó el camino hasta la época de las cancelaciones y las relaciones poliamorosas; Suar llega ahora al encuentro del positivismo sexual y las cuevas como refugio para una clase media en extinción a través de Turbo, el jefe de una financiera por calle Florida que recibe en su casa a su exesposa (Loba, interpretada por Pilar Gamboa), que comienza su reinserción tras un tiempo en una institución psiquiátrica. En una actualización algo más demorada, 30 noches con mi ex también incluye un sanitario convertido en obra de arte.

Esto último es clave para describir con qué ideas la película construye a Loba y su trastorno esquizoafectivo, un aspecto que intenta abordar alternadamente desde la comedia y el drama, sin aciertos en la mayoría de las escenas. Una cuestión es que el trastorno está dispuesto como una ensalada de comportamientos únicamente correspondientes a las necesidades cíclicas del guion, lo cual hace que Loba pase arbitrariamente de ser una parodia involuntaria de Raymond Babbitt a replicar los aspectos más superficiales de la personalidad de Janice Soprano. La segunda cuestión está en que, en varios momentos, la película no hace más que canalizar en el trastorno una serie de estereotipos sobre lo que entiende como la mujer progre actual, por lo que Loba vuelve a la vida de Turbo convertida en una feminista hippie con ínfulas de artista, adornada desde el vestuario con una tote bag con la imagen de un paquete de arroz basmati o una remera que dice “LUBRICATE CON MARGARINA”. Su “hipersexualidad” queda representada en su franqueza para hablar sobre sexo en público o un pedido de frases softcore por teléfono, y algunos de sus raptos de agresividad siendo bastante similares a las cataratas de puteadas callejeras que ilustran hace tiempo el imaginario porteño (en este caso con el detalle atento de cambiar “puta” por “yuta” en las frases).

Hay un dardo simpático a la noción del Rivotril como un analgésico en el rol secundario de Elisa Carricajo, y hasta una punta de empatía en los dos episodios más duros que Loba atraviesa en su reinserción (y que dan pie a destellos de Gamboa, cuando el foco se corre de las reacciones de Suar), pero después del segundo episodio la película se lleva puesta a la voz más sensible que había mostrado, que es la de la psiquiatra de Loba. Las ideas contemporáneas que expresa al principio se convierten hacia el final en centros que se le podrían ocurrir a Andy Kusnetzoff un sábado a la noche, y que son los necesarios para que Turbo deje de ver a Loba como un acertijo envuelto en una molestia hasta perder la frialdad de su oficio cuevero, mostrarle a Loba la misma vulnerabilidad que detectaba en ella cuando la abrazaba anteriormente y hasta almorzar en armonía con ella y otro paciente psiquiátrico (Pichu Straneo en las arenas movedizas de un personaje caricaturesco al que por respeto no puede llenar de muecas).

Cada iteración de los personajes de Suar se enfrenta siempre a un contexto que tiene que asimilar a los tumbos, y en 30 noches con mi ex esa misma torpeza se termina reflejando detrás de cámara, porque el terreno es muy delicado como para centrar la película en los trucos cómicos usuales. Esto es lo que el Suar director tiene que salir a resolver usando ideas de debutante (ver la escena de la búsqueda de la medicación con la cámara en mano, o la discusión callejera que corta al plano general donde, oh casualidad, la pintura callejera representa los roles de Turbo y Loba) y un guion que se acuerda a último momento de la seriedad del tema que aborda. Ese juego de espejos construye la incomodidad constante de sentarse a presenciar el entusiasmo con el que El Chueco nos cuenta las dos o tres cosas que aprendió sobre la locura (y cómo retratarla).